domingo, 21 de febrero de 2016

GUERRA Y ESTADO EN LA EDAD MEDIA . II

Hay algunos que piensan que es el común de los seres humanos quien construye los Estados; por el contrario, otros creen que son personalidades individuales quienes construyen, por la fuerza de la propia voluntad, la estructura de un Estado. En mi modesta opinión, ambos agentes por sí solos son incapaces de levantar un edificio de tales dimensiones; se necesitan mutuamente para poner los cimientos y seguir construyendo hasta llegar al tejado.
Tenga razón quien la tenga, lo cierto es que cuando asistimos al nacimiento de un Estado siempre somos testigos de un acto de fuerza. Debe entenderse aquí el concepto de fuerza no exclusivamente como violencia, sino también como voluntad, perseverancia, resistencia, sacrificio y ambición. Quizás haya quien recuerde el nacimiento de la India moderna tras la descolonización; pero si alberga alguna duda sobre lo que acabamos de afirmar, debe recordar que aquel territorio alcanzó su independencia con altas dosis de voluntad, perseverancia y sacrificio; es decir, la India se formó como Estado gracias a una fuerza no violenta, pero fuerza al cabo.
A comienzos del Siglo VIII el reino de los francos parecía llevar el mismo camino que el de otros reinos germánicos de Europa Occidental, el camino de la desaparición. El rey Clodoveo, muerto en 511, al fin y al cabo había sido un caudillo bárbaro que, tras alcanzar importantes victorias, había conseguido la fidelidad de muchísimos guerreros y sometido extensos territorios desde el río Garona hasta la cuenca del Rín. Como auténtico bárbaro que era, admiraba a Roma sobre todas las cosas, y por esa razón se bautizó en 496 e hizo un pacto con Anastasio I, emperador de Oriente.


                                      Bautismo de Clodoveo.


Siendo rey de los francos, Clodoveo deseaba parecerse al emperador de Constantinopla, pero carecía de los rudimentos necesarios para organizar un Estado complejo; por tanto, solo alcanzó a comportarse como lo haría un rey germano, atrayendo en torno a sí a un grupo de guerreros entre los cuales repartió tierras y riquezas obtenidas de los botines de guerra. Cuando murió, repartió el reino entre sus herederos, tras lo cual comenzó un prolongado período de luchas entre familias y bandos. Durante los siglos VI y VII, los hombres más ricos y poderosos acumularon tierras y reclutaron extensas clientelas armadas, el título de rey dejó de tener valor y los nobles actuaron con total independencia.

                                  Yelmo franco.


En medio de aquellas luchas nobiliarias, una familia se impuso a las demás gracias a la fuerza y la inteligencia. Pero no solo debido a esto, sino también a la riqueza. SE trataba de una familia perteneciente a la nobleza franca cuyos miembros habían heredado el título de mayordomos de palacio. Si tenemos en cuenta que el título de rey a comienzos del Siglo VIII carecía de valor, debemos concluir que el título de mayordomo tampoco lo tenía. ¿A qué se debía, por tanto, el poder de aquella familia de los mayordomos de Austrasia? En principio a que eran dueños de extensas tierras en el fértil territorio que se extiende entre el Rin y el Mosa; los mayordomos de Austrasia podían entregar tierras a amplias clientelas de guerreros; hombres que les serían fieles, pues se lo debían todo. Por otra parte, hay que tener en cuenta que las tierras de los mayordomos de Neustria se extendían por un territorio donde se encontraban las ciudades comerciales más importantes del Norte de Europa en aquel tiempo. Estas ciudades, cercanas todas ellas a la antigua frontera del Imperio Romano, habían surgido como acuartelamientos y fortificaciones de las legiones; otras, en cambio, crecieron como centros comerciales fronterizos, donde se negociaba con pieles, resina, miel, metales y esclavos. Algunos de estos centros urbanos cumplían ambas funciones; en ellos tenían su residencia habitual los funcionarios del emperador, allí se acuartelaban unidades militares y se reclutaban soldados que acudían del otro lado de la frontera; en ellos había un gran mercado donde se compraban y vendían esclavos procedentes de Germania y el Báltico.
La mayor parte de estas ciudades quedaron integradas en el territorio de los mayordomos de Austrasia desde muy pronto. Una de las ciudades más importantes, Tréveris, fundada en el Siglo I a. C., mantuvo las estructuras sociales, económicas y culturales romanas después de la desaparición del Imperio Romano de Occidente; incluso, durante mucho tiempo, continuó hablándose en latín en el interior de sus murallas.

Porta Nigra, Tréveris.



Otra ciudad de importancia era Gante, situada en la confluencia del río Lys con el Escalda. Este centro urbano albergó dos abadías en el Siglo VII y mantuvo una intensa actividad comercial gracias a su puerto fluvial.
Pero la verdadera capital de Austrasia era la ciudad de Metz, donde convergían las rutas que llegaban de Lyon, Reims, Treveris, Maguncia y Estrasburgo. Era un centro comercial que se hallaba en el centro de una de las regiones más ricas de Europa Occidental en aquel tiempo.
Aquella región entre el Rin y el Mosa era una de las más pobladas del Norte de Europa y aportaba una cantidad ingente de recursos económicos y humanos a los mayordomos de Austrasia.
A comienzos del Siglo VIII aquellos mayordomos se comportaban de manera absolutamente independiente con respecto a la autoridad real. Este comportamiento era compartido por el resto de nobles francos, siendo el rey uno más entre ellos. Los mayordomos de Austrasia acuñaban moneda, recaudaban impuestos y reclutaban soldados en sus fértiles tierras. Esta familia de la más alta nobleza es conocida con el nombre de pipínidas, por el nombre del primer mayordomo de Austrasia que mostró voluntad de expandir sus dominios por todo el territorio de los francos, Pipino de Landen, llamado El Viejo. Con gran habilidad estableció vínculos con la nobleza de Metz y puso las bases para que su nieto Pipino de Heristal organizase un eficaz ejército compuesto por hombres fieles entre los que repartía tierras de sus propias posesiones en Austrasia. Así pues, el poder militar de los pipínidas tenía su sostén en unas amplias clientelas militares que recibían una compensación al convertirse en terratenientes, ya fuese en propiedad, ya en usufructo.


Tras enconadas luchas y una buena capacidad para negociar, Pipino de Heristal fue sometiendo a la nobleza franca y emprendió campañas militares contra los aquitanos, los borgoñones, los frisones y los alamanes del Alto Rin. A finales del Siglo VII había puesto bajo su autoridad a la mayor parte de Galia y toda la cuenca del Rin.
La creación del Imperio de los Omeyas aceleró los acontecimientos, quedando el Estado de los pipínidas como el único poder capaz de presentar cierta resistencia a la expansión del Islam. Dicha expansión por el Mediterráneo supuso un auténtico mazazo para la economía europea, como expuso magistralmente Henri Pirenne en sus obras Mahoma y Carlomagno y Las ciudades de la Edad Media. Aunque hoy día sea imprescindible corregir a Pirenne, lo cierto es que supo ver con claridad un hecho de gran importancia: la expansión de los omeyas por el Mediterráneo cerró los puertos e hizo impracticables las rutas marítimas, arruinando el comercio. Las costas de Sicilia, Sur de Italia, Provenza y las islas fueron saqueadas; durante los siglos VIII y IX las comunicaciones del Sur de Europa quedaron bloqueadas y el núcleo de los intercambios comerciales basculó hacia el Mar Rojo y el Océano Índico; prueba de ello es que los abasíes trasladasen su capital a Bagdad.
Como consecuencia, todo el Norte de Europa se orientó hacia el Mar del Norte y el Báltico.
Cuando Pipino de Heristal murió en 714 dejó un auténtico Estado en pie, que además era el más poderoso de Europa, pero necesitado de abrir la comunicación con Bizancio, cortada por los musulmanes y los pueblos que ocupaban el valle del Danubio. Sus herederos se disputaron el poder durante años, hasta que su hijo bastardo Carlos Martel eliminó a sus rivales y continuó la labor de su padre. Martel también hubo de defender lo adquirido por la familia en una sucesión de batallas, entre la que destaca la que tuvo lugar en Poitiers en 732. En cuanto a esta batalla, no hay un acuerdo entre los estudiosos; parece claro que los musulmanes que habían conquistado la Península Ibérica veinte años antes, intentaron probar suerte con Aquitania, creyendo que la aventura resultaría igual de fácil; no contaban con que el Estado que estaban levantando los mayordomos de Austrasia tuviese una solidez muy superior a la del desaparecido reino visigodo. Según otra versión, fueron los tratos que mantuvo el duque Eudes de Aquitania con los sarracenos lo que decidió a Carlos Martel a presentar batalla por temor a perder toda la Galia Central. Fuese cual fuese el papel del duque de Aquitania, lo cierto es que los musulmanes fueron derrotados y volvieron por don habían venido; la sublevación de los bereberes en 740 y la creación del Emirato Independiente Omeya en 755 tuvieron como consecuencia que al-Andalus pasase a ser un Estado a la defensiva y nunca más se proyectase una invasión de los territorios al Norte de los Pirineos.
Los pipínidas construyeron su Estado gracias a sus grandes recursos económicos y a la organización de un ejército compuesto por clientelas armadas fieles a la familia. Entre estos destacaba una caballería pesada integrada por hombres que portaban un costoso equipo compuesto por caballo, cota de malla y yelmo. Pero, sin duda, la existencia de extensas comunidades de hombres libres en su territorio les permitió reclutar una infantería que resultaba eficaz al apoyar a la caballería. De todas formas, no debemos exagerar el poder militar de aquellos mayordomos, ya que en Poitiers Carlos Martel debió presentarse en el campo de batalla con unos 20.000 soldados como mucho, la mayor parte de ellos infantes.
Pipino de Heristal y Carlos Martel dedicaron sus vidas a la lucha despiadada por defender el patrimonio familiar, por sobrevivir rodeados de competidores y enemigos, a la par que ponían las primeras piezas de un Estado. Sin embargo, a mediados del Siglo VIII, aquel Estado se encontraba aislado, rodeado de fuerzas hostiles, como los musulmanes o los pueblos del Este de Europa que se estaban instalando en el Valle del Danubio y en las llanuras al Este del Vístula.
Aún así, la mayor carencia del Estado que habían construido los mayordomos de Austrasia era la ausencia de símbolos. Al fin y al cabo, el Mayordomo de Austrasia era un noble más entre los otros nobles francos; en su origen, el título hacía referencia a un oficial de los antiguos reyes merovingios; es más, todavía había una familia que ostentaba el título de Rey de los Francos, aunque en realidad no se trataba de nada más que eso, un título vacío de contenido.
Fue el hijo menor de Carlos Martel, Pipino, llamado el Breve, quien se encargó de conseguir símbolos para aquel Estado. En 747 se hizo cargo de la herencia de los mayordomos de Austrasia, y desde el primer momento su objetivo fue conseguir el título de Rey de los Francos, que en aquel tiempo poseía Childerico III. Para conseguir su propósito, buscó un aliado poderoso que pudiese legitimar una operación poco decorosa: destronar a un rey y coronarse a sí mismo. Así, solicitó la ayuda de Bonifacio de Maguncia, jefe de la Iglesia en Austrasia y hombre de gran influencia con el papa. Bonifacio coronó a Pipino como Rey de los Francos en 751, otorgándole la legitimidad que podía proporcionar la Iglesia al aceptarlo como rey; aún más, dadas las excelentes relaciones de Bonifacio con el papa Zacarías, también consiguió que el obispo de Roma le declarase rey legítimo.
Bonifacio de Maguncia era un hombre de acción, de gran fe y luchador incansable. Nació en Devon, al Sur de Britania, y en tiempos de Pipino de Heristal ya comenzó a evangelizar a los germanos que vivían al Este de la cuenca del Rin. Después funda los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising y Nassau. En el corazón de Germania fundó la abadía de Fulda y otros obispados y misiones. Colaboró habitualmente con los pipínidas, aunque en alguna ocasión tuvo roces con ellos, pues defendió los intereses de la Iglesia con gran ardor. Muy mayor ya en tiempos de Pipino el Breve, fue uno de sus más eficaces consejeros y contribuyó decisivamente a la consolidación de la monarquía de los pipínidas; él mismo ungió a Pipino, al modo en que lo eran los reyes de Israel al ser reconocidos como elegidos de Dios.
Ser elegido rey por Dios es la más pura legitimidad que pueda imaginarse para un monarca; de esta forma, Pipino se ciñó la corona. La fortaleza de un Estado se basa en que no pueda ser cuestionado; por definición es un ente sobre el que no hay lugar para la duda; igual que existe el cielo y la tierra, así también existe el Estado; nunca procede de la voluntad de los hombres.
En 753 un nuevo papa, Esteban II, cruza los Alpes y acude al encuentro de Pipino para solicitarle ayuda. Ambos hacen un pacto; Esteban consagrará a Pipino, y éste, a cambio, defenderá al papa de la amenaza de los lombardos. En 754, Pipino fue consagrado como Rey de los Francos por Esteban en Saint Dennis, e inmediatamente después, el rey cumplió su palabra, llevando a cabo varias campañas militares en Italia entre los años 755 y 758, al final de las cuales los lombardos fueron obligados a abandonar el centro de la península. Fue entonces cuando Pipino decidió establecer un vínculo firme e insoluble con el papa, entregándole amplios territorios en Italia Central; así fueron creados los Estados Pontificios. El problema radicaba en que esta última operación política suponía la creación de otro nuevo Estado, el de el papa, que también era necesario legitimar. Para ello se acudió a lo que se denominaba Donación de Constantino, supuesto acto por el cual el referido emperador romano donaba al papa Silvestre I la ciudad de Roma y los territorios adyacentes. Parece ser que aquella Donatio fue enteramente una invención de Pipino y Esteban, con la intención de promocionar sus intereses respectivos.


No cabe duda de que Pipino el Breve fue un gran político; a su muerte, en 768, dejó un Estado unido y fuerte, gobernado por un rey ungido por la Iglesia local y por el papa de Roma, extendido por amplios territorios y con poderosa influencia en gran parte de Germania e Italia.
A pesar de lo dicho, Pipino el Breve era un hombre de su época y tenía un concepto patrimonial del Estado. Consideraba todo lo conseguido como una heredad, como algo personal. Por esta razón, cuando murió sus hijos se repartieron su herencia. Este caso se repite a lo largo de la Edad Media cientos de veces y es la característica principal del Estado medieval; el concepto de lo público no existe y los hechos políticos se mueven en la esfera de lo privado. Esta tendencia irá agravándose y culminará durante el pleno feudalismo.
Como hemos dicho, los hijos de Pipino el Breve reinaron de manera independiente durante años, hasta que Carlos se quedó solo en el trono y recuperó todas las posesiones de su padre. A punto estuvo de malograrse toda la obra de los pipínidas, pero por suerte, Carlos era un hombre de gran fortaleza e inteligencia. En 772 ya era rey de todos los territorios que poseyera su padre, aunque grandes amenazas acechaban  la integridad del reino. En Aquitania había sido reprimida una violenta rebelión en 769 y los lombardos volvían a hostigar al papa en 772. Como hiciese su padre años antes, Carlos entró en Italia con un poderoso ejército, derrotó a los lombardos, confirmó la donación de los Estados Pontificios y se hizo coronar rey en Lombardía.
En estos primeros compases, Carlos demostró ser aún más enérgico que Pipino. En 775 era el hombre más poderoso de la Península Itálica, era señor de toda la Galia, incluida Borgoña, y la Renania. Sin embargo, las fronteras de aquel gran reino eran poco seguras; una de sus partes más ricas, el corazón de Austrasia, se hallaba amenazada por la proximidad de frisios y sajones. 
Los frisios siempre habían sido enemigos de los francos y del cristianismo, la gota que colmó el vaso fue cuando en 754 asesinaron a Bonifacio de Maguncia, del que ya hemos hablado anteriormente como gran colaborador de los pipínidas. Carlos, continuador de la política de su padre, realizó varias campañas en Frisia, que fue evangelizada por clérigos procedentes de Utrecht y dividida en condados; sin embargo, aquel territorio no fue totalmente pacificado hasta los últimos años del reinado de Carlos. 
La cuenca del Wesser permanecía en el paganismo; sus habitantes, los sajones, habían rechazado cualquier intento de ser evangelizados y constituían una amenaza porque, estando divididos políticamente, cada grupo actuaba independientemente de los demás; además, la guerra figuraba entre sus principales actividades, por razones económicas y de prestigio; audaces jefes los acaudillaban y los conducían a la búsqueda de botín al comienzo de la primavera. 
Desde el principio Carlos comprendió que la única forma de someter a los sajones era cristianizarlos; pero aquello no fue fácil ni mucho menos, pues se aferraban obstinadamente a sus creencias y tradiciones, visto lo cual, los francos se vieron obligados a emprender una larga sucesión de campañas que duró más de treinta años, desde 772 hasta 804. Como la resistencia de los sajones fue feroz, Carlos recurrió a métodos extraordinariamente violentos, como masacres de prisioneros, devastaciones, captura de rehenes, conversiones forzosas y deportaciones masivas. Con el objetivo de propagar el cristianismo y afianzar las conquistas del Este, Carlos fundó los obispados de Bremen, Minden, Münster , Paderborn y Osnabrück, que fueron activos centros misioneros.
Como rey de Lombardía y señor de todo el Norte de Italia, Carlos hubo de enfrentarse a otra amenaza, la que representaban los ávaros, instalados en Panonia, en el valle del Danubio. Estos puebos, procedentes de Asia Central, practicaban el pillaje como actividad económica habitual. En 791, Carlos realizó contra ellos una expedición de represalia que fue un duro golpe para los habitantes de Panonia; en 795 y 796, otras dos expediciones llegaron al corazón del territorio de los ávaros, y Carlos se apoderó de ricos tesoros y un enorme botín. Tras estos acontecimientos, los ávaros fueron aceptando lentamente el cristianismo y se fundó el obispado de Salzburgo, desde el que la actividad misionera propagó la fe cristiana y el sometimiento al trono de los francos.




Imperio Carolingio.



Estas conquistas le valieron que fuese conocido como Carlos el Grande, Carlomagno. Con el tiempo su política fue derivando cada vez más hacia una identificación de la Corona y la Iglesia; ambas instituciones parecían fundirse y no se las podía diferenciar claramente. Como hemos afirmado anteriormente, todo Estado necesita de unos símbolos, pero además, necesita de una ideología que lo justifique. En el caso de los pipínidas, el Cristianismo cumplió esta función, gracias a él pudo el Estado organizar el mundo, la moral y la ley.
La importancia de la Iglesia en el reino de Carlomagno fue, por otra parte, muy grande, ya que proporcionó un cuerpo de funcionarios del que aquel Estado rudimentario carecía. Esto último ocurrió sobre todo en los nuevos territorios conquistados al Este del reino, donde los obispos y demás clérigos actuaban a menudo como representantes del rey.
Carlomagno recibió una educación cristiana y sabía perfectamente que su familia había practicado desde hacía décadas una política de estrecha colaboración con la Iglesia, pero él llevó esto mucho más allá, presentándose como un auténtico vicario de Cristo en la Tierra; de hecho, ya Pipino el Breve acostumbraba a nombrar e investir a los obispos. Carlomagno, por su parte, tomó como modelo a los emperadores de Bizancio, verdaderos jefes de la Iglesia en Oriente.
A finales del Siglo VIII Carlomagno había madurado suficientemente la idea; era señor de un amplio territorio que iba desde el Danubio hasta el Norte de la Península Ibérica, de una población heterogénea, que hablaba distintas lenguas y tenía distintas costumbres. Entre tanta diversidad el cristianismo era un eficaz aglomerante, de ahí que se forzase la conversión de los territorios anexionados o dependientes. El guía de aquella Iglesia debía ser forzosamente quien tuviese a la vez el poder terrenal y el espiritual; es decir, el emperador.
Recuperar la idea de Imperio no era fácil, pues el último emperador de Occidente había sido depuesto en 476, pero aún permanecía el Imperio de Oriente y su capital, Constantinopla, la más grande del mundo conocido en aquel tiempo.
                                               Estatua ecuestre de Carlomagno. Siglo VIII.



La ocasión para resucitar el Imperio y representar una ceremonia de investidura con garantías de legitimidad, y en la cual interviniese la voluntad divina se ofreció a Carlomagno cuando en 799 las disputas entre los bandos de Roma provocaron que el papa León III fuese maltratado y estuviese a punto de perder la vida a manos de sus enemigos. Siguiendo la tradición de sus antecesores, el papa fue a pedir ayuda a su protector, el rey de los francos. Se reunió con Carlomagno en Paderborn y le suplicó que le restaurara en el trono de Roma. A finales del año 800 Carlomagno viajó a Roma acompañado de un ejército y dispersó a los enemigos de León III, que atemorizados no se atrevieron a protestar por la intervención del rey franco. Estando restaurado León en el trono papal, se celebró la misa de navidad, durante la cual el papa lo coronó como Emperador de los Romanos; con este acto quedaba restaurado el Imperio Romano de Occidente; en sentido figurado, por supuesto.
Esta restauración imperial supuso muchos problemas, pues muy pronto se vio enfrentada a la hostilidad de Bizancio, que no deseaba compartir sus prerrogativas.

                              Relicario de la abadía de Conques, fundada por Carlomagno.

El esquema ideológico del Imperio de Carlomagno  correspondía a un solo reino en el cielo y un solo jefe en la Tierra; Cristo no podía tener más que un vicario; al reino de Cristo, creador del Universo, le correspondía el de Carlomagno, todopoderoso, escogido por Dios, lugarteniente de Cristo y administrador de la Iglesia.
Carlos se fue a residir a Aquisgrán; allí decidió la construcción de un palacio sacro, a imagen y semejanza del de Bizancio, y de una capilla palatina edificada según los modelos del Santo Sepulcro de Jerusalén, del Chrysotriklinos de Constantinopla y de San Vital de Ravena. El rey franco obtuvo permiso del papa para adornar su capilla con fustes, capiteles, mosaicos y mármoles de las iglesias y palacios de Ravena.

          Capilla palatina de Aquisgrán.

Los pipínidas levantaron un Estado y le dieron una estructura territorial e ideológica, pero carecieron de recursos humanos e infraestructuras para crear una administración eficaz y centralizada. Este fue el punto más débil de aquella construcción política y una de las causas principales de su debilitamiento y derrumbe. A favor de esta dinastía de guerreros incansables e inteligentes políticos hay que decir que se enfrentaron con una situación muy difícil en la que la descomposición política y la violencia fueron enormes. Los conceptos que enarbolaron tuvieron una increíble duración, pues en cierto modo llegaron, matizados, hasta los comienzos del Siglo XX, momento en que fueron derribados definitivamente por la Gran Guerra.



miércoles, 6 de enero de 2016

GUERRA Y ESTADO EN LA EDAD MEDIA. I

Cuando traemos a nuestra mente el Imperio Romano, aparece de forma inevitable la imagen de las legiones, avanzando sin descanso a través de Europa, Asia o África.
Es cierto que la importancia del elemento militar en la sociedad romana fue muy grande; como también es cierto que la creación de un ejército profesional fue uno de los factores determinantes en la evolución de la República hacia el Imperio.
En efecto, el ejército romano se profesionalizó enteramente en el Siglo I a. C. El soldado romano era un hombre que se alistaba siendo aún muy joven y prestaba servicio de armas hasta aproximadamente los cuarenta años, edad a la que se licenciaba y se instalaba en las tierras que le eran entregadas en propiedad como premio a sus servicios. Se trataba, por tanto, de un profesional de la guerra.
Aquel legionario romano tendía a la especialización; el servicio era largo y había tiempo para dedicarse a una tarea concreta; en la legión había carpinteros, herreros, armeros, guarnicioneros, canteros, agrimensores, y en las escalas más altas, ingenieros y otros técnicos con grandes conocimientos. La tropa no combatía de cualquier manera, sino que cada uno lo hacía estrictamente en su puesto y desempeñaba una función que conocía perfectamente.
Roma fue una sociedad ambigua en la que lo público y lo privado a veces estaban nítidamente separados y a veces se confundían de forma sorprendente. Cuando en tiempos de Cayo Mario el ejército se profesionalizó, a la misma vez sufrió un proceso de privatización; de manera que cada general reclutaba sus propios legionarios y les pagaba con su propio dinero. Julio César llevó este comportamiento hasta el extremo, utilizando al ejército como un instrumento útil para sus intereses particulares; en su descargo hay que decir que no fue el primero que lo hizo, el mismo Mario ya fue plenamente consciente del poder que le otorgaba aquel ejército profesional.
Durante el Imperio, los asuntos particulares del emperador se fueron confundiendo cada vez más con los asuntos del Estado. Mantener un ejército numeroso y eficaz dependía en buena medida de los recursos económicos disponibles, y dado que las necesidades defensivas aumentaron considerablemente en los siglos III y IV d. C., la presión fiscal de la hacienda imperial aumentó también en la misma medida, hecho que convenció a muchos para intentar eludir los gravosos tributos.
En el Siglo IV d. C. la hacienda imperial era incapaz de hacer frente a la defensa de todas las fronteras y a la represión de las revueltas y rebeliones internas, por lo cual, el Imperio fue dividido definitivamente en dos partes, Oriente y Occidente. Gracias a una mejor situación económica el Imperio Romano de Oriente consiguió sobrevivir y mantener un ejército profesional en buena forma; sin embargo, el Imperio de Occidente mostró desde finales del Siglo IV una severa dificultad para conseguir los recursos necesarios para su propia defensa. Carentes de estos medios económicos, los emperadores de Occidente se vieron obligados a hacer tratos con los germanos para evitar el derrumbe militar del Estado.
La Historiografía ha ofrecido casi siempre una imagen poco exacta de estos grupos humanos conocidos generalmente con el nombre de bárbaros. En primer lugar hay que decir que bárbaro en latín significa extranjero, sin expresar procedencia alguna. En segundo lugar hay que tener en cuenta que estos grupos de bárbaros eran a menudo heterogéneos, compuestos por gentes diversas, a menudo germanos, sármatas y otros iranios.
La imagen de estos bárbaros que transmitieron los historiadores del Siglo XIX y principios del XX es la de grandes naciones en movimiento, en busca de tierras donde asentarse; pero, la realidad fue otra, como demuestran los estudios más recientes. Es verdad que en algunas ocasiones hubo movimientos de grandes poblaciones, identificadas por el nombre de una nación concreta, pero a partir del Siglo IV d. C., los movimientos y hechos fueron protagonizados por bandas de guerreros capitaneados por un caudillo, que a veces tomaba el título de rey. Estas bandas, a veces muy numerosas, estaban integradas por auténticos profesionales de la guerra, gentes que desde hacía mucho habían sido desarraigados de las actividades productivas, y que eran unos excelentes soldados, de los cuales el Imperio Romano andaba necesitado.


                                 Yelmo germano del tipo spangenhelm. 

El primero que contrató germanos para servir en su ejército fue Julio César, en una fecha tan temprana como el año 55 a. C. Tras construir el primer puente de la Historia sobre el río Rhín y cruzar a Germania, alista como caballería auxiliar a unos centenares de soldados ubios, que le resultaron muy eficaces en su posterior enfrentamiento con el galo Vercingetórix. Posteriormente, es habitual ver a germanos formando parte de la caballería de las legiones, junto a galos, hispanos y dacios.
En el Siglo III d. C. los acontecimientos se precipitaron, pues junto a una grave crisis económica, el Imperio Romano sufrió una terrible presión en sus fronteras. Desde el Siglo II d. C. se estaban produciendo unos grandes movimientos de población en las llanuras del río Elba. Las causas de este fenómeno no han sido aclaradas, ya que pueden ser de carácter climático, demográfico o social, o de los tres elementos a la misma vez. Lo importante del caso es que el Imperio mantuvo sus fronteras a duras penas y aquello supuso un cambio en la política de reclutamiento de los soldados y en la organización del propio ejército. Desde este momento se reclutó masivamente a los bárbaros en la infantería. Con la intención de ahorrar recursos y aumentar la efectividad del ejército, se redujo el número de soldados que componían las unidades y se las estableció en lugares fijos, asignándoles un tramo de frontera a cada una de ellas. Por esta causa, la tendencia fue a reclutar gentes originarias de los territorios circundantes, tanto de un lado como del otro de la frontera.

             Torre de vigía en Becheln, Alemania.

A principios del Siglo IV a. C. la situación no había mejorado mucho en las fronteras, y el emperador Constantino hizo un pacto con los godos del Oeste, gracias al cual éstos se hacían cargo de la defensa de la frontera del Bajo Danubio a cambio de grandes sumas de dinero. En el año 376 d. C., el emperador Valente permitió que la mayoría de estos godos del Oeste se estableciesen en Tracia, dentro de las fronteras del Imperio, pues los hunos habían invadido el lugar donde habitaban; además de proporcionarles tierras se les asignaba un subsidio, a cambio de que defendiesen la frontera. La decisión imperial fue un error, porque poco después, en 378 d. C. los godos sublevados, infligieron una terrible derrota a Valente en Adrianópolis; en el transcurso de la batalla el emperador perdió la vida.
A pesar de estos acontecimientos, los emperadores de Oriente y Occidente no tenían más remedio que contratar los servicios militares de los bárbaros. La tendencia a establecer contratos con régulos que eran seguidos por una multitud heterogénea de guerreros aumentó; estos mismos caudillos ejercían como comandantes del ejército imperial. El resultado fue que a finales del Siglo IV d. C. el ejército romano se había barbarizado en un grado muy alto. Pero, además de este cambió en la estructura militar, ocurrió que la escasez de medios de pago de la hacienda imperial obligó al emperador a entregar tierras a estos grupos de guerreros, ya que carecía de moneda para recompensar sus servicios. De esta forma, los bárbaros pasaron a ser los defensores del Imperio, y sus caudillos los generales que servían al emperador.
Aquellos bárbaros no deseaban otra cosa que estar al servicio de Roma; eran, casi siempre, hombres alejados de cualquier actividad productiva, que habían empuñado las armas para ganarse el sustento. Muchos de ellos habían alcanzado un alto nivel profesional; conocían las tácticas de combate del ejército romano, poseían excelentes armas, que apreciaban sobre todas las cosas, y al cabo de muchos años de guerra y botín habían conseguido hacer fortuna.
A comienzos del S. V d. C. los bárbaros se habían percatado de que el poder imperial era una mera fachada que se derrumbaría con un simple golpe. Una vez más, fueron los godos del Oeste los primeros en dar un paso adelante; en 410 d. C., el rey visigodo Alarico saqueó Roma. En las primeras décadas de aquel siglo, vemos como grupos de vándalos, suevos, alanos y godos se instalan en distintos sectores del Imperio de Occidente y establecen pactos con las aristocracias romanas; gracias a esos pactos, estos grupos se establecen como élite guerrera que se encarga de mantener el orden y defender el territorio de nuevos advenedizos; a cambio reciben tierras como pago. Los débiles Estados que surgieron de estos pactos no duraron mucho, pues su supervivencia dependía de que aquellos grupos militares fuesen capaces de cumplir con la parte del trato que les correspondía, y esto, a menudo, era difícil que ocurriese. Como ejemplo, tomaremos de nuevo a los godos del Oeste, conocidos como visigodos.

                           Águilas visigodas.


Tras saquear Roma y toda Italia, los visigodos, fueron conducidos al Sur de Galia por su nuevo rey, Ataúlfo. En 415 d. C., los visigodos pactaron de nuevo con el emperador de Occidente, Honorio; el trato fue acordado por el rey Walia, en forma de foedus. Por este pacto, los visigodos obtenían tierras en el Sur de Galia y cuantiosos subsidios; todo ello según la institución de la hospitálitas, muy antigua en el derecho romano. A cambio, los visigodos impedirían la entrada en Italia de otros extranjeros, mantendrían el orden en el Sur de Galia y expulsarían a vándalos, suevos y alanos de Hispania; todo al servicio del emperador. En 418 d. C., el mismo Walia concertó un nuevo foedus con el emperador, obteniendo tierras en Aquitania y convirtiéndo a los visigodos en el ejército imperial de Occidente.


                                Hebilla de cinturón visigoda.


El número de guerreros visigodos que se asentaron en Aquitania debía ser aproximadamente de 80.000, sin duda el ejército más numeroso de aquel momento. Debemos tener en cuenta que iban acompañados de sus mujeres e hijos, con lo cual podemos estimar que el grupo humano sobrepasaba las 300.000 personas.
El Estado romano repartió parcelas de tierra entre los visigodos; dichas parcelas, conocidas como sortes, fueron expropiadas a sus antiguos propietarios. Sin embargo, según otra versión, las tierras no fueron entregadas en propiedad, sino que lo que recibieron los visigodos fue la tercera parte del impuesto que el Estado cobraba a los propietarios; se trataría, por tanto de un pago en especie que hacía el emperador a los soldados, sustrayéndolo de la recaudación.
Durante la primera mitad del Siglo IV d. C. los visigodos establecieron relaciones cada vez más estrechas con la aristocracia hispano-romana. En principio, se hiciron cargo de la defensa de las tierras al Norte del Ebro; después, cuando los vándalos pasaron a África en 429 d. C., los visigodos establecieron tratos con los aristócratas de la Bética, expulsaron a los alanos y ocuparon la mayor parte de la Meseta. En 451 d. C. formaron parte de una gran coalición compuesta por soldados imperiales, francos, burgundios, alanos y visigodos. Este ejército, dirigido por el general romano Flavio Aecio, se enfrentó a Atila en los Campos Cataláunicos, en la región de Champaña. Fue la última vez que el Imperio Romano de Occidente hizo un serio esfuerzo para mantenerse en pie; pocos años después, lo poco que quedaba del Estado se vino abajo y los distintos territorios que componían el Imperio de Occidente hubieron de organizarse por sí solos, con mayor o menor fortuna.
Con el tiempo, los visigodos fueron integrándose con la aristocracia terrateniente hispano-romana; algunos de ellos acabaron plenamente identificados con aquellos aristócratas y consiguieron extensas propiedades agrarias. Eran conocidos como los seniores gotorum, élite militar compuesta por unas 200 familias, entre las cuales se elegían a los reyes.

                                       Corona votiva del rey Recesvinto.

Como hemos visto, en el umbral de la Edad Media los ejércitos se reclutaban a través de contratos con caudillos o líderes, que gracias a su prestigio militar eran seguidos por centenares o miles de guerreros, muchas veces de procedencia heterogénea. En el Imperio Romano de Oriente tenían lugar las mismas prácticas; se establecían pactos con grupos de godos, vándalos, alanos, hunos, y tiempo después con turcos, eslavos y varegos. En general, el Estado dejó de reclutar un ejército permanente, prefiriendo comprar estos servicios de armas. Como a menudo se carecía de medios de pago, se recurría a la entrega de subsidios en especie o a la entrega de tierras, e incluso a los derechos a una parte de lo que producía el trabajo de los colonos. De esta manera, la guerra continuó siendo en buena parte de los territorios que antaño ocupara el Imperio Romano una actividad ejercida por profesionales, a los cuales se recompensaba con los productos de la tierra o la posesión directa de la misma.
Por consiguiente, no hay una diferencia apreciable entre los ejércitos del período tardorromano y los de los primeros siglos de la Edad Media. En ambos la organización es semejante, y también lo son el armamento y las tácticas de guerra. Si la infantería aún tenía gran importancia, se puede observar como la caballería cobra poco a poco un papel cada vez más relevante, dejando de tener una función auxiliar para convertirse en el arma decisiva en el combate. Los jinetes utilizaban pica y una espada larga, denominada spatha, útil para manejar desde el caballo; su origen está en la caballería auxiliar romana, compuesta desde mucho atrás por germanos y sármatas; la infantería germana comenzó a utilizarla también, a modo de herramienta de golpear sobre los hombros y la cabeza del enemigo; esta forma de utilizar aquel arma resultó eficaz contra la formación cerrada de la infantería pesada romana, armada de gran escudo y gladius, pequeña espada que servía para acuchillar.

                             Spathae.

Cuando los bárbaros traspasaron las fronteras del Imperio de Occidente ya eran dirigidos por una aristocracia que basaba su posición superior en la riqueza obtenida del pillaje y, sobre todo, en el prestigio militar adquirido por los distintos linajes que la componían. Dichos aristócratas combatían casi siempre a caballo; por tanto, la caballería fue convirtiéndose en la élite militar de aquellos ejércitos. Como muestra de su excelencia, aquellos aristócratas usaban magníficas armas defensivas y ofensivas, a veces con engastaduras de oro y piedras preciosas; entre los suyos eran los mejores, y debían demostrarlo, solo así conseguían mantener su prestigio. Desarrollaron una moral basada en valores militares y elevaron las armas hasta el nivel de objetos más deseados; incluso, en la tradición oral y escrita, las dotaron de personalidad, dándoles nombres famosos a algunas de ellas, e incluso otorgándoles propiedades mágicas. Esta moral guerrera profundizó durante toda la Edad Media y dejó nombres de armas legendarias, como el de la espada Excalibur.
Durante la Muy Alta Edad Media la infantería continuó teniendo un papel principal en la guerra. En los siglos VI, VII y VIII, las técnicas de combate de los infantes fueron en general idénticas a las de los siglos IV y V. Se combatía en formación, con varias lineas de fondo, pero sin la asombrosa organización de las legiones romanas de los siglos anteriores. La garantía de no ser vencidos era mantener la línea, pero ahora la cooperación no era tan absolutamente importante y el soldado buscaba a menudo destacar en combate; la spatha era un arma que ofrecía esta posibilidad. Los infantes utilizaban jabalinas y picas y se protegían en ocasiones con cotas de malla o armaduras de placas de acero; el escudo, ovalado casi siempre y de menor peso que los utilizados en el Alto Imperio se fabricaba de madera y cuero; la cabeza se protegía a veces con yelmos, algunos de los cuales eran obras de gran valor.

                                   Yelmo de Sutton Hoo, Ingaterra, Siglo VII.

La mayor parte de aquellos reinos que surgieron en el antiguo solar del Imperio Romano de Occidente tuvieron una estabilidad precaria y desaparecieron a la postre. Sustentados en una aristocracia latifundista y en una élite militar de origen bárbaro, su suerte dependía del éxito en la guerra y de las constantes rebeliones de los bandos nobiliarios. El reino que se creó en África tras la llegada de los vándalos en 429 d. C., procedentes del Sur de la Península Ibérica, fundado por el rey Genserico, basó su prosperidad en las ricas tierras cerealistas de la región de Cartago y el mantenimiento de una flota dedicada a la piratería que mantuvo el control del Mediterráneo Occidental durante el Siglo V d. C. Sin embargo, la aristocracia militar vándala no consiguió encajar adecuadamente con los antiguos aristócratas, mayoritariamente cristianos que obedecían al obispo de Roma. Además, y esto fue lo más perjudicial, no consiguieron encontrar un sistema de sucesión real que contentase a todos, y tras el progresivo debilitamiento de la élite militar, el reino fue conquistado por el emperador Justiniano en 534 d. C.
Igual fortuna tuvo el reino que fundaron los godos del Este u ostrogodos en Italia. Al igual que los vándalos y los visigodos, los ostrogodos fueron federados de Roma durante mucho tiempo. Su rey más importante, Teodorico el Grande, pasó su infancia como rehén en Constantinopla y recibió una educación romana. En muchas ocasiones los ostrogodos combatieron a las órdenes de los emperadores romanos de Oriente; en 488 d. C. entraron en Italia por orden del emperador Zenón I. Allí Teodorico venció a Odoacro, caudillo germano que tras servir a Roma se había coronado rey de Italia y era seguido por una heterogénea hueste, entre la que destacaba un núcleo de guerreros hérulos. El reino que creó Teodorico en Italia padeció las mismas debilidades que el que levantaron los visigodos en Hispania; las facciones de la aristocracia militar se enfrentaron entre ellas y la sucesión al trono provocó crueles luchas entre las familias. Como las estructuras sociales y administrativas romanas pervivieron enteramente durante el período ostrogodo, Justiniano, emperador de Oriente no encontró dificultad en conquistar la Península Itálica en 540 d. C.; el reino ostrogodo no había durado ni siquiera un siglo.


De estos reinos, denominados germánicos, solo dos prosperaron, el de anglos y sajones y el de los francos. En ambos casos el éxito se debió a causas diferentes, pero nosotros solo le vamos a prestar atención aquí al de los francos.
El Estado de los francos surgió en el territorio del Bajo Rin. Allí, una serie de poblaciones que se habían sacudido el dominio de Roma a comienzos del Siglo I d. C. se confederaron entre ellas y sus habitantes se denominaron a sí mismos francos, es decir, hombres libres. En el Siglo III d. C. muchos francos habían sido reclutados en las legiones que defendían la frontera del Rin; poco después, grandes grupos de ellos fueron asentados junto a aquella frontera y se les proporcionó parcelas de tierra para que las cultivasen. A finales del Siglo IV los francos de ambas orillas del río formaban parte de los ejércitos de los imperios de Oriente y de Occidente.
Como hemos dicho anteriormente, en 451 d. C. un ejército de francos combatió a las órdenes del general Aecio en la batalla de los Campos Cataláunicos; poco después, desaparecida la autoridad imperial en toda la Galia, los francos se expandieron hacia el Sur y el Oeste y se unieron todos, cisrenanos y transrenanos bajo un solo rey.
La confederación de los francos presentaba unas claras diferencias con respecto a los otros Estados germánicos que por aquel tiempo pugnaban por consolidarse. En principio, al Este del Rin, la población era totalmente de origen germánico, y al Oeste de dicho río, se trataba de una población altamente germanizada. En su mayoría eran pequeños agricultores libres que trabajaban sus parcelas de tierra; a veces, se trataba de tierras comunales, propiedad de la aldea o de una familia extensa. Aquellos campesinos acudían a la guerra cuando sus líderes lo reclamaban; no eran soldados profesionales, eran agricultores que dejaban el arado para empuñar las armas cuando era necesario. Un ejemplo que muestra el origen rural de aquellas milicias es que una de las armas que utilizaban era el hacha; en concreto un tipo de hacha conocida como francisque, muy útil en el cuerpo a cuerpo, y que parece ser que también se la utilizaba arrojándola a corta distancia. El hacha, una herramienta de trabajo de los habitantes de los bosques, también podía utilizarse como arma letalmente eficaz.

                            Francisque.

Pero sería un error considerar a la sociedad de los francos como una sociedad enteramente rural; cuando, a mediados del Siglo V d. C., se expandieron hacia el Sur, incorporaron una red de ciudades que habían jalonado la frontera del Imperio Romano durante más de 400 años. Se trataba de antiguos centros administrativos y comerciales, todos ellos cercanos a las orillas del Rin y del Mosa; destacaban Utrecht, Gante,  Boon, Colonia, Maastricht, Tréveris y Maguncia. A comienzos del Siglo V a. C. todos estos centros urbanos estaban muy germanizados, pero aún conservaban muchas formas y estructuras romanas en la sociedad y la administración. Los francos llevaban siglos familiarizados con esta red de ciudades, centros comerciales y culturales que con el tiempo constituyeron el núcleo del Imperio Carolingio.
Desde mediados del Siglo V aquella sociedad de los francos evolucionó rápidamente, no solo al integrar a las ciudades comerciales de las orillas del Rin, sino también debido a los éxitos militares y a la obra de un rey: Clodoveo.

                         Bautismo de Clodoveo.

Clodoveo no solo consiguió la fidelidad de todos los francos, sino que obtuvo grandes victorias luchando contra turingios, burgundios y alamanes; su triunfo más importante lo obtuvo en la batalla de Vouillé, en 507 d. C., en la que derrotó a los visigodos y les arrebató toda la Galia central.
Codoveo fue un hombre de Estado; al día siguiente de su victoria en Vouillé, recibió, en Tours, las tablas consulares enviadas por el emperador de Constantinopla, Anastasio y, por iniciativa propia, vistió la túnica púrpura y la diadema de los emperadores.
Clodoveo  creó en torno a sí una nobleza de fieles vinculados al rey; los restantes hombres libres fueron perdiendo, poco a poco, sus derechos políticos y militares; esto alteró profundamente la sociedad del reino franco y trajo consigo la concentración de la propiedad agraria; un reducido número de familias se adueñó de grandes predios.
Cuando murió Clodoveo en 511 d. C., el Estado franco quedó fraccionado, en manos de aquella nueva nobleza militar, propietaria de grandes fincas. Parecía, a principios del Siglo VIII, que la suerte del Estado franco iba a ser exactamente la misma que la de las precarias monarquías de los vándalos, ostrogodos, burgundios y visigodos, pero no ocurrió así. Una familia, procedente del país que se extiende entre el Rin y el Mosela, en el mismo corazón del antiguo territorio de los francos, ya fuese por ambición o por sentido de la supervivencia, venció a los demás nobles y los fue sometiendo a lo largo del Siglo VIII. En medio de una lucha de todos contra todos, Pipino de Heristal, gran terrateniente y perteneciente a la más alta nobleza franca, sometió las tierras al Este del Rin y la Borgoña. Su hijo, Carlos, apodado Martel,  venció en Poitiers en 732 a un ejército musulmán aliado de los aquitanos. Pero, quien concibió un auténtico proyecto político fue el sucesor de Carlos, Pipino, apodado el Breve, que entendió que Clodoveo había sido capaz de construir un Estado tomando como modelo el Imperio Romano.

                          Moneda acuñada por Pipino el Breve.

Por supuesto que el Imperio Romano de Occidente hacía ya 300 años que había desaparecido, pero aún pervivía el Imperio de Oriente lleno de poder y grandeza. Aquella familia que había ostentado durante mucho tiempo el título de Mayordomos de Palacio, había cimentado su poder en la posesión de grandes extensiones de tierra y en la capacidad de reclutar hombres fieles, entre los cuales habían sido repartidos beneficios y fincas, hombres que defenderían primero al señor de Heristal, luego a Carlos Martel y, finalmente a Pipino el Breve. Pero, como éste último comprendió, no bastaba con tener muchos hombres que te deben su buena fortuna; para construir un Estado sólido, un Estado como lo fue el Imperio Romano, era necesario tener el beneplácito de Dios mismo. Si el Estado quedaba consagrado, su fortaleza no solo sería grande, sino legítima.
Con este objetivo, Pipino el Breve se hizo coronar rey de los francos con el apoyo del papa Zacarías en 751, y poco después acogió al papa Esteban II, acompañado de seis cardenales, en su dominio real de Ponthion, en la Champaña. Entonces el papa se instaló en el monasterio de Saint Denis, donde él mismo consagró al nuevo rey. Pipino, por su parte, reconoció al papa el gobierno de la ciudad de Roma y la posesión de las provincias bizantinas de la Italia Central; para cumplir con esta última parte del trato, el nuevo rey entró dos veces en Italia con un ejército y derrotó a los lombardos que amenazaban al papa.
Como podemos comprobar una nueva época daba comienzo; el resurgimiento de un poder imperial, heredero de Roma, basado en las armas de una nobleza fiel, se manifestaba paralelamente al concepto de una cristiandad unida bajo un único pastor, el papa, representante del mismísimo Dios en la Tierra. Dos poderes que parecían complementarse en apariencia, pero que acabaron compitiendo entre sí. La Edad Media avanzaba hacia su madurez.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LOS OMEYAS. IV

Al-Hakam II pasó la mayor parte de su vida en Madinat al-Zahra; cumplía veintiún años cuando la ciudadela palacial terminó de construirse; corría el año 936. Vivió siempre en el ambiente del harén, entre concubinas, esclavas y eunucos; rodeado de todos los lujos y riquezas. A pesar de todo, Al-Hakam se sentía más atraído por los placeres intelectuales; amaba los libros por encima de todas las cosas de este mundo. No solo fue un gran lector y hombre culto, sino que se convirtió en el mayor coleccionista de su época, llegando a reunir una de las bibliotecas más grandes de su tiempo y, con abismal distancia, la más grande de Europa en la Edad Media. Gastó grandes sumas en adquirir raros ejemplares, sin sentir el menor dolor por ello, y protegió a poetas, filósofos y músicos, con los cuales gustaba mantener conversaciones eruditas. No amaba la guerra, pero hizo que el Estado cordobés se militarizase hasta un extremo sin comparación en Occidente. Mantuvo una guardia personal compuesta por miles de esclavos originarios de Europa Central y Oriental, conforme ya hiciera su padre, educados para el uso de las armas y absolutamente fieles a su amo. Todas las primaveras reunía un ejército de mercenarios, la mayoría de ellos provenientes de los reinos cristianos de la Península Ibérica y reclutaba a las tribus beréberes que le eran fieles para emprender incansables campañas militares en el Magreb y más allá, en el desierto del Sahara. No había verano sin guerra y los estandartes victoriosos regresaban a principios del otoño a Madinat al-Zahra, donde llevaban a cabo una impresionante parada militar. Con aquel poderoso ejército mantenía el control de las rutas caravaneras que atravesaban el Sahara, gracias a las cuales llegaban a Córdoba el oro, el marfil, las maderas preciosas, las gemas y los esclavos del África Subsahariana. Gracias a aquellos mercenarios intervenía a capricho en los asuntos de León, Castilla, Navarra y los condados catalanes, les cobraba tributos y saqueaba sus tierras en caso de desobediencia. Sin embargo, él nunca dirigía los ejércitos, como en alguna ocasión hizo su padre, pues prefería permanecer en Madinat al Zahra, junto a su biblioteca y su harén, y delegaba este trabajo en sus excelentes generales, sobre todo en Galib, su hombre de confianza.

  Avenida de los alardes militares en Madinat al-Zahra.

Aquellas campañas casi constantes suponían un gasto enorme; pero Al-Hakam II era inmensamente rico. Su padre, Abd al-Rahmán III, había creado un aparato fiscal centralizado de gran eficacia, y los tributos fluían hacia Madinat al Zahra de forma precisa, bajo el control de un cuerpo de funcionarios eficientes, esclavos la mayoría de ellos, conocidos con el nombre de fatás. El ejército era imprescindible para mantener la paz en el interior, amedrentados a los reinos cristianos del Norte y el control del comercio sahariano; era un pez que se mordía la cola: los tributos eran necesarios para pagar el ejército, y el ejército era necesario para cobrar los tributos.
Durante el gobierno de Al-Hakam II la paz reinó en el interior de al-Ándalus; no hubo revueltas como en tiempos de los emires y el enriquecimiento fue general. En aquel tiempo Córdoba se sentía orgullosa de ser una capital imperial, pero todos sabían que el poder estaba en Madinat al-Zahra, donde residía el califa, inaccesible a la gente común, rodeado de su guardia de esclavos, asistido por sus eunucos, pasando las horas en la biblioteca y el harén.

                                   Cervatillo de bronce, utilizado como surtidor en Madinat al-Zahra.

Muchos eran los que en aquella Córdoba de finales del Siglo X luchaban por trepar, primero entrando al servicio del Califa, después destacándose entre los demás, y finalmente entrando en el oficio palatino de Madinat al Zahra; pero, entre todos, solo uno vio con claridad el camino abierto para hacerse con el poder absoluto de aquel Estado. Este hombre fue Muhammad Ibn Abí Amir, conocido con el sobrenombre de al-Mansur, Almanzor entre los cristianos.
Mientras que en Europa, Norte de África y Oriente se pensaba que el Estado Omeya era fuerte, poderoso y sólido, al-Mansur se percató con envidiable claridad de que la realidad era todo lo contrario. El Estado cordobés tenía los pies de barro; solo se mantenía en pie gracias a un costosísimo ejército de esclavos y mercenarios que obedecían a la familia de los omeyas. Para evitar rebeliones el califa se veía obligado a pagar elevadas rentas y subsidios a una aristocracia parásita, que si no era beneficiada con todo tipo de privilegios se tornaba desleal. El poder había huido de Córdoba para refugiarse en Madinat al Zahra, donde el califa vivía aislado. Los resortes del Estado y toda la administración palacial estaban en manos de esclavos eunucos, mientras Al-Hakam II se desentendía de los asuntos del gobierno, enredado en sus divagaciones intelectuales.
En un principio al-Mansur solo pretendió trepar, como otros muchos, en aquella sociedad cortesana de la Córdoba de la segunda mitad del Siglo X; más adelante, comprobando la fragilidad del sistema y las enormes fisuras que presentaba, decidió, con un golpe de audacia, hacerse con el poder; pero nunca pretendió eliminar absolutamente a los omeyas, pues sabía perfectamente que toda legitimidad descansaba en ellos, que aquel Estado era al fin y al cabo una familia, un nombre.
Nació en el castillo de Torrox en 939 y era descendiente directo de uno de los conquistadores yemeníes del 711. Sin embargo, su familia había venido a menos económicamente y él optó por trasladarse a Córdoba, siendo muy joven, para estudiar e intentar prestar servicios a la administración del Estado.
Estudió leyes y pronto destacó como un excelente calígrafo y escribano. Comenzó su carrera muy humildemente, redactando documentos en las inmediaciones de las puertas del alcázar de Córdoba. Recomendado por su gran inteligencia y buen hacer pasó a formar parte del cuerpo inferior de funcionarios de la administración de la ciudad de Córdoba.
Ya por aquel tiempo se dio cuenta de que la única forma de ascender era entrar en el servicio de Madinat al Zahra. Nunca conoció personalmente a Abd al-Rahmán III, pues éste murió en 961, cuando al-Mansur era todavía un oscuro escribano. Lo llamaban por su nombre, Abí Amir y destacaba por su gran inteligencia y su buen aspecto físico. Su oportunidad llegó cuando Muhammad Ibn Salim, cadí de Córdoba, a quién prestaba servicio, le recomendó al hayib (primer ministro) Yafar al-Mushafi, quien lo trasladó a Madinat al-Zahra y lo incluyó entre los altos funcionarios del Califa.
En el ambiente de palacio y en el harén, Abí Amir supo maniobrar hábilmente y, gracias a sus elegantes modales, se atrajo la confianza de Subh, madre de Abd al Rahmán, heredero del trono califal. Al poco de subir al poder Al-Hakam II llevó a cabo una reforma en la administración que supuso la salida de antiguos funcionarios de Abd al-Rahmán III y la entrada de otros nuevos, reclutados en los escalafones bajo y medio; de este relevo se aprovechó Abí Amir, que ascendió vertiginosamente y en 967 fue nombrado intendente del príncipe heredero.
Con una rapidez asombrosa fue escalando en la administración palatina y acumulando cargos importantes. A los pocos meses fue nombrado director de la ceca, en 968 tesorero y en 969 cumplió las funciones de cadí en Sevilla y Niebla.
En 970 murió el príncipe Abd al-Rahmán y fue nombrado heredero Hixam; desde ese momento su influencia sobre el joven Hixam fue en constante aumento, de tal forma que acabaría convirtiéndolo en instrumento de su estrategia para conseguir el poder absoluto.
Con la intención de conseguir amigos y deudores comenzó a hacer costosos regalos entre los funcionarios y el harén. Aquel momento fue uno de los más delicados de su carrera, porque fue acusado de malversación de fondos y destituido del cargo de director de la ceca en 972. Sin duda ya tenía muchos enemigos en Madinat al-Zahra, sobre todo entre los fatás, esclavos eunucos, que ya lo consideraban un ambicioso que ponía en peligro sus intereses. No obstante salió triunfante de las acusaciones y convenció a Al-Hakam II de su fidelidad y honestidad.
Su eficiencia y su energía fueron premiadas en 973, cuando fue nombrado cadí del Magreb, encargado de organizar las infraestructuras administrativas y logísticas de las campañas militares que se llevaban a cabo en aquella zona casi sin interrupción. Aquel cargo tuvo una importancia trascendental en su vida y en la evolución de los acontecimientos históricos posteriores en al-Ándalus. Durante aquellas campañas militares se convenció de que todo el Estado de los omeyas se sustentaba en aquel ejército, uno de los más grandes de su época; captó la idea de que quien poseyera el ejército, poseería el Estado cordobés. Además, como encargado de las relaciones diplomáticas con los jefes de las tribus beréberes y subsaharianas, trabó amistad con muchos de ellos y se granjeó su amistad a través de regalos y pactos.
En 974 regresó a Córdoba victorioso y fue nombrado administrador del ejército del califa por Al-Hakam II, quien moría dos años después, en 976. Aquella muerte supuso un golpe de suerte para Abí Amir, que con su habitual audacia no dudo en sacar provecho de ello. El nuevo califa, Hixam II, aún no era un adolescente cuando subió al trono de Córdoba y desde el principio fue manipulado por Subh, su madre, y por Abí Amir, administrador de su patrimonio. Como el nuevo califa era todavía un niño el poder quedó provisionalmente en manos del hayib, Yafar al-Mushafi, lo que despertó los recelos de los esclavos fatás que temían ser desplazados de la administración palatina. En Madinat al-Zahra los fatás urdieron un complot coaligados con la guardia del califa, formada también por esclavos del Centro y el Este de Europa, para deponer a Hixam y nombrar califa a su tío al-Mugirah, pero la conspiración fue descubierta por al-Mushafi y fracasó.
Con la organización del ejército en sus manos Abí Amir emprendió una profunda reforma que ya había sido trazada en los últimos años de Al-Hakam II. Consistía básicamente en reducir el contingente de esclavos del ejército del califa y sustituirlo por mercenarios procedentes sobre todo del Norte de África, pero también de los reinos cristianos de la Península. Abí Amir comenzó a trasladar grandes contingentes de beréberes a al-Ándalus; muchos de ellos llegaron a las órdenes de sus propios caídes; tribus enteras cruzaron el Estrecho y fueron establecidas en distintos lugares; muchos de estos beréberes fueron afincados en la misma Córdoba. De esta manera Abí Amir consiguió que aquel enorme ejército de mercenarios le fuera fiel a él exclusivamente, tomando las funciones del patrón y comportándose los beréberes como una clientela militar.
Con aquel ejército emprendió desde 977 un programa de campañas militares contra los cristianos del Norte de la Península Ibérica. Hasta el día de su muerte en 1002 llevó a cabo al menos dos campañas militares todos los años, una en primavera y otra en otoño, e incluso más, como ocurrió en el año 981, en el que hizo cinco expediciones a los reinos cristianos del Norte. Aquel año, tras regresar victorioso a Córdoba adoptó el título de al-Mansur, “El Victorioso”.
Gracias a aquellas campañas militares se cubrió de prestigio ante el pueblo de Córdoba; no solo había declarado la guerra santa, como antes lo hiciese Abd al-Rahmán III, sino que la llevó a efecto de forma radical; acabó de un solo golpe con la política de pactos con los reinos del Norte e hizo la guerra a los cristianos sin descanso. Tal fue su agresividad que a finales del Siglo X muchos creían en Europa que al-Mansur era el anticristo al que se referían las profecías milenaristas. Pero Abí Amir al-Mansur era ante todo un hombre práctico; aquellas victorias levantaban el entusiasmo de la gente y le proporcionaban un carisma que atraía la adhesión de todos.
Por otra parte, aquellas campañas de saqueo le proporcionaban un enorme botín, gracias al cual podía financiar el mantenimiento permanente de un ejército tan grande, y los recursos necesarios para otorgar todo tipo de beneficios a sus partidarios.
En 977, año de la primera campaña contra los cristianos estableció una alianza con el afamado general Galib, que había sido nombrado comandante de los ejércitos de la frontera del Norte; este fue el primer paso para socavar el poder del hayib Yapar al-Mushafi, que controlaba los resortes del Estado durante la niñez de Hixam II. Tras las dos campañas de saqueo del año 977 contra Salamanca, Abí Amir consiguió que el joven y manipulado Hixam le nombrase jefe de la guardia de Córdoba, puesto que desempeñaba un hijo de al-Mushafi. Con este acto Abí Amir se situó contra el hayib a banderas desplegadas; del enfrentamiento entre ambos saldría vencedor Amir.
Para reforzar sus alianzas Abí Amir desposó en 978 a una hija de Galib; al poco, éste último fue nombrado hayib y al Mushafi fue destituido y encarcelado. A finales de aquel año, y ante las fundadas sospechas de un complot de los omeyas para asesinar a Hixam II, Abí Amir llevó a cabo una terrible represión contra los miembros de la familia del califa y los puso bajo una estrecha vigilancia.
El último obstáculo que se interponía entre Abí Amir y el poder absoluto era su suegro el general Galib. En 980 ambos se enfrentaron militarmente; en 981 Galib se alió con castellanos y navarros y derrotó a Abí Amir, pero a principios del verano de aquel año Galib, octogenario, falleció de muerte natural, dejando en manos de Abí Amir todo el poder del Estado de los omeyas. Ese mismo año, como hemos dicho anteriormente, adoptó el título de al-Mansur.
Desde 981 Hixam II solo fue una marioneta en manos de al-Mansur; incluso llegó a prohibirle que saliese de Madinat al-Zahra; solo le era necesario para mantener la ficción de que los omeyas gobernaban al-Ándalus. En 979 comenzó a construir un complejo palacial al Este de la ciudad de Córdoba al que llamó Madinat al-Zahira; allí trasladó todos los organismos de la burocracia estatal, quedando Madinat al-Zahra como mera residencia del califa y su harén, vaciada totalmente de cualquier función política. La nueva ciudad palacial superaba en lujo y superficie a Madinat al-Zahra, en ella residían todos los altos funcionarios y la guardia beréber de al-Mansur; desgraciadamente, de ella no han quedado ni los cimientos, tal fue la destrucción que sufrió en 1009. Paralelamente al-Mansur reconstruyó el grupo de los fatás, convirtiéndolos en clientes suyos. Estos esclavos le eran imprescindibles, pues componían el cuerpo de funcionarios más eficiente de al-Ándalus.
Empeñado en atraerse la simpatía de todos los sectores sociales de Córdoba hizo todo lo posible por exhibir un inequívoco fervor religioso, no solo practicando sin cesar la guerra santa, sino agradando en todo lo posible a la escuela religiosa de los malikíes, mayoritaria en al-ándalus; para demostrar su ortodoxia no dudó en llevar a cabo una exhaustiva purga en la inmensa biblioteca de Al-Hakam II. Siempre quiso que todos le viesen como un hombre piadoso, y la manifestación más evidente de ello fue la gran ampliación de la Mezquita aljama de Córdoba.
La época de al-Mansur supuso un reforzamiento de la presencia andalusí en el Magreb; ejerció un control absoluto sobre las rutas del tráfico del oro por las vías transaharianas que confluían en Sijilmasa. Para ello contó con la fidelidad de varias tribus beréberes, sobre todo de los zanata y los magrawa. Cuando tuvo todo el poder en sus manos, continuó engrosando su ejército de mercenarios con estos beréberes; en los últimos años del Siglo X la migración fue altísima; uno de ellos, Zirí Ibn Atiyya, de los magrawa, fue nombrado visir.
Sin embargo, en Córdoba, esta llegada masiva de beréberes no se veía con entusiasmo. Ibn Hayyán dice lo siguiente al respecto:

“Los siguió colmando de bienes, pues se sirvió de ellos en provecho propio al apoderarse del mando, los elevó sobre las restantes categorías de sus ejércitos, los convirtió en fuerza personal suya y se hundió con ellos en las tinieblas mientras vivió.”

No cabe duda de que el rechazo a los beréberes no dejó de crecer en al-Ándalus en aquel tiempo; sobre todo porque el mantenimiento de un ejército tan grande y la actividad constructora de al-Mansur suponía unos gastos que solamente se podían financiar con una importante subida de los impuestos. Para agravar el asunto, estos impuestos eran cobrados a menudo por los soldados beréberes, lo que aumentaba el resentimiento hacia ellos. Además, al-Mansur, como dice Ibn Hayyán, les colmó de bienes, es decir, les proporcionó casas, tierras, cargos, privilegios y rentas, lo que desató la sensación de sometimiento entre los cordobeses.
Los gastos de al-Mansur eran cuantiosos; la construcción de Madinat al-Zahira fue costosísima, otro tanto lo fue la ampliación de la Mezquita (988). Aunque sus campañas contra los cristianos le proporcionasen un gran botín y les acabase sometiendo a tributo a todos ellos, no eran suficientes los recursos y el aumento de los impuestos sobre una parte importante de la población comenzó a generar malestar.
Aunque llevó a cabo importantes campañas militares como la de 985, durante la cual saqueó Barcelona y los monasterios de Sant Cugat del Vallés y Sant Pere de les Puelles, o la del 997, en la que saqueó Santiago de Compostela, siempre fue consciente de que el Estado cordobés tenía como frontera del Norte el río Duero, y que lo más que se podía obtener de los reinos cristianos era cobrarles un tributo anual y tenerlos amedrentados realizando constantes campañas de saqueo. Durante el dominio de al-Mansur el Estado cordobés se convirtió en un Estado absolutamente militarista, que necesitaba para su mantenimiento del reclutamiento constante de mercenarios.
En la campaña militar de 1002 al-Mansur murió en el alcázar de Medinaceli y tomó las riendas del Estado su hijo Abd al-Malik, quien fue inmediatamente reconocido por el califa Hixam II, recluido en Madinat al-Zahra. El poder cambió de manos sin turbulencias, pero el régimen carecía de legitimidad. Al-Mansur siempre lo tuvo en cuenta y actuó tras la ficción de que era Hixam II quien gobernaba. Jamás se atrevió a proclamarse califa, pues sabía que eso no lo iban a permitir los cordobeses; tanto los aristócratas árabes y sirios como los muladíes solo aceptarían a la legítima familia de los omeyas, porque aquel Estado se había construido en virtud de un pacto de fidelidad, precario, con aquel linaje; los omeyas garantizaban la estabilidad del sistema y los beneficiados por el sistema mantenían a los omeyas; he aquí la obra política de aquella dinastía.
Pero como ya he dicho en varias ocasiones a lo largo de estos comentarios, aquel régimen tenia lo pies de barro y bastaba para que uno de los endebles pilares sobre los que se sustentaba cediera para que todo se viniese abajo. Y eso fue lo que ocurrió al quedar vinculado el poder exclusivamente al ejército de mercenarios.
Se ha dicho a menudo que al-Mansur fue el responsable de la catástrofe de aquel Estado, pero esto no es totalmente cierto. Al-Mansur, hombre inteligente y decidido, se aprovechó de las circunstancias; aquella sociedad estaba dividida en estamentos hostiles entre sí, las diferencias raciales y religiosas eran insalvables. Es posible que sin al-Mansur aquella sociedad hubiera sobrevivido unas décadas más, pero esto son especulaciones, lo cierto es que se derrumbó en 1031 tras años de luchas civiles, golpes de Estado y abrumada por la demagogia, y el odio de clase.

No hablaré aquí de los acontecimientos posteriores a 1002, para ello sería necesario comenzar un artículo aparte. Solo quiero decir que a partir de 1031 comenzó una nueva etapa de la Historia de la Península Ibérica que desembocó en el nacimiento de la nación española varios siglos después.

martes, 1 de diciembre de 2015

LOS OMEYAS. III

En la entrada anterior de esta serie hicimos una breve exposición sobre la forma en que se organizó social y políticamente el Estado de los omeyas; pudimos ver la manera en que el emirato soportó constantes sublevaciones y cómo estuvo a punto de desaparecer a finales del Siglo IX. Con la llegada de Abd al-Rahmán III al poder la situación dio un giro y al-Ándalus gozó de más de setenta años de tranquilidad interior y de una prosperidad que se ha convertido en un mito contemporáneo.
La época de Abd al Rahmán III (912-961) fue, sin ninguna duda, de gran prosperidad y bonanza económica. Como pusimos de relieve anteriormente, los primeros años de su gobierno fueron difíciles, pues hubo de someter a los numerosos señores territoriales que acaudillaban a los rebeldes muladíes, en especial a Ibn Hafsún, que estuvo a punto de acabar con el Estado cordobés. Pero a partir de 929, apaciguado todo al-Ándalus, comenzó una larga etapa en la que el Estado se afianzó y los omeyas cordobeses se convirtieron en dueños de uno de los imperios más ricos de su época.
En Enero de 929 Abd al Rahmán III adoptó el título califal y el sobrenombre honorífico de al-Nasir li-din Allah (El que combate victoriosamente por la religión de Dios). Este sobrenombre es toda una declaración de intenciones; la religión adopta un papel central a partir de este momento en el Estado de los omeyas, cuya principal misión es combatir a los infieles y a quienes se desvían del camino recto. Como veremos más adelante, se trataba solamente de propaganda para justificar el poder absoluto de los omeyas. La proclamación del Califato era, además, un reflejo de lo que estaba sucediendo en el Magreb, donde desde principios del Siglo X la secta fatimí había fundado su propio califato, ejerciendo un control sobre las rutas caravaneras del Norte de África, muy importantes para el comercio andalusí. El resultado fue que a partir de 929 en el mundo islámico había tres califatos, el Abbasí de Bagdad, el Fatimí del Norte de África y el Omeya de al-Ándalus.
La estabilidad del Califato Omeya se debió en buena parte a la consolidación de las estructuras estatales. Abd al-Rahmán III prescindió cada vez más de las clientelas árabes y sirias para ocupar los cargos de la administración palatina; en su lugar recurrió a los servicios de esclavos del Norte y el Este de Europa (fatás), muchos de ellos eunucos. Estos esclavos, mediante el control de los órganos del Estado, acabaron acumulando un enorme poder y despertaron el resentimiento de las familias de la aristocracia árabe.
En los asuntos militares el Califato de Córdoba siguió por el mismo camino que la administración civil, y quizás lo hizo de forma más radical. Abd al-Rahmán III convocó cada vez menos al yund (ejército) árabe, milicia aristocrática poco efectiva y de intereses muy particulares; en su lugar contrató a un gran ejército de mercenarios, muchos de ellos cristianos del Norte de la Península, y aumentó considerablemente la guardia del palacio, formada por un ejército de soldados de elite, esclavos todos ellos, que habían sido comprados en los mercados del Centro de Europa siendo muy jóvenes, y habían sido educados para la guerra y en la fidelidad al califa. En los tiempos de Al-Hakam II este ejercito de mercenarios y esclavos de Europa fue siendo sustituido por beréberes, como consecuencia de la expansión del Califato por el Norte de África y estrategia política y militar de al-Mansur.
A pesar de lo dicho anteriormente, los omeyas nunca abandonaron a sus clientelas tradicionales, bien al contrario, procuraron adoptar otras nuevas. Este es uno de los fenómenos peculiares de la política interna de Abd al-Rahmán III, intentó atraerse a los señores y líderes rebeldes muladíes contra los que había luchado. Sobre este asunto nos cuenta al-Jusani que cuando el cadí Aslam Ibn Abd al-Aziz iba a proceder judicialmente contra uno de aquellos, recibió desde las alturas la siguiente recomendación:

“ A estos señores que hablan romance, los cuales solamente se han rendido o capitulado mediante pacto, no se les debe tratar con desdén.”

Se sugería a Aslam Ibn Abd al-Aziz que no continuase el proceso incoado.
De lo que no cabe la menor duda es de que Abd al Rahmán III estuvo firmemente decidido a ejercer un control absoluto sobre todos los resortes del gobierno, y para ello decidió centralizar todos los órganos administrativos y apartarlos de la influencia de las familias aristocráticas árabes; por esta razón construyó la ciudad palacial de Madinat al-Zahra. Este conjunto palacial fue fundado en 936 al pie de la sierra cordobesa, y a ella fue transportado el tesoro, los departamentos administrativos, la prisión, los almacenes y los aprovisionamientos. Además, Madinat al-Zahra era un auténtico alcazar reducto, construido por Abd al-Rahmán  al no sentirse seguro en la capital; inquietud y desconfianza que se pondrían de manifiesto en las propias fortificaciones de al-Zahra.

                       Madinat al-Zahra.

Esta política de expansión y centralización administrativa y de grandes construcciones tuvo como consecuencia una expansión fiscal desconocida en la Europa Occidental de aquellos tiempos. Según Ibn Idari, las rentas del Estado andalusí en la época de al-Nasir se elevaban a 5.480.000 dinares; solo de sus dominios y de los mercados Abd al-Rahmán al-Nasir obtenía 765.000 dinares. La recaudación incluía las contribuciones y rentas, los impuestos territoriales, los diezmos, los arrendamientos, los peajes, la capitación, las tasas aduaneras y los derechos percibidos en las tiendas de los mercados urbanos.
Estos datos no deben hacernos creer que durante el Califato la presión fiscal fue agobiante para los habitantes de al-Ándalus. Es evidente que los grupos privilegiados de la aristocracia árabe veían incrementadas sus rentas sin pagar apenas tributos, mientras que muladíes y mozárabes soportaban el mayor peso fiscal; aún así el desarrollo económico de al-Ándalus durante el Siglo X fue tan grande que la mayoría mejoró su calidad de vida, sus recursos y su patrimonio; hecho que tuvo como consecuencia la adhesión de amplias capas de la sociedad a la familia de los omeyas, de ahí la paz interior que gozó el Estado durante más de 70 años.


Dirham acuñado en tiempos de Abd al-Rahmán III.          

Aún sí, aquella paz y aquel progreso siempre estaban pendientes de un hilo. En 937 Abd al-Rahmán III reunió a su ejército y lo dirigió contra Ibn Hashim, gobernador de Zaragoza que, considerando demasiado exigente al califa, le había jurado fidelidad a Ramiro II, rey de León, y se había puesto bajo su protección. Tras conquistar algunas fortalezas y plantarse ante Zaragoza, Abd al-Rahmán consiguió que Ibn Hashim volviese a la obediencia. Para rematar la campaña el califa hizo una incursión por tierras de Navarra, reino que, al menos de palabra, le juró fidelidad.
Pero todos estos acontecimientos hicieron recapacitar a Abd al-Rahmán. En principio porque era evidente que cualquier sublevación podía ser apoyada por los reinos cristianos de la Península. Además, el título de califa conllevaba en sí mismo el deber de hacer la guerra santa a los infieles, y era una afrenta que el rey de León no estuviese sometido al Califato. Por otra parte, aquellas tierras del Norte podían ser sometidas a tributos, lo que no era despreciable para una Estado con unos gastos tan elevados.
Considerando todo esto, Abd al-Rahmán creyó necesario someter por las armas a toda la Península Ibérica y cobrar tributos a todos sus señores y reyes. Así, en 939 reunió un formidable ejército, llamando a la guerra santa, y salió en busca de Ramiro II. Éste, por su parte, se coaligó con castellanos y navarros y fue al encuentro del ejército cordobés. La batalla tuvo lugar en Agosto de ese año en los alrededores de Simancas, donde Abd al-Rahmán sufrió una severa derrota.

                  El Pisuerga por Simancas.
Tras el desastre de Simancas, Abd al-Rahmán opta por un cambio radical en su política con respecto a los reinos cristianos de la Península; abandona las aspiraciones a someter totalmente aquellos territorios e inicia una estrategia basada en los pactos y en las intervenciones puntuales que le garantizaban una posición de arbitraje entre las querellas de los reyes y señores cristianos. Esta política le dio buenos resultados; en principio estableció una firme alianza en 940 con Sunyer, conde de Barcelona, y después, tras la muerte de Ramiro II en 950, recibió embajadas de leoneses, castellanos y navarros en Madinat al-Zahra. Esta situación se prolongaría en tiempos de Al-Hakam II, hasta que, coaligados de nuevo los cristianos asediaran en 975 la fortaleza de Gormaz, bastión fronterizo del Califato.

Castillo de Gormaz, (Soria).

Los tiempos de Abd al-Rahmán III fueron especialmente beneficiosos para la ciudad de Córdoba. La población aumentó considerablemente, hasta alcanzar la probable cifra de medio millón de habitantes. No prestando atención a las cifras de población, evidentemente infladas, que a menudo ofrece la incansable visión romántica, podemos decir sin miedo a equivocarnos que era la ciudad más grande de Occidente y una de las mayores del Mediterráneo. En la Medina habitaba una aristocracia árabe poseedora de extensas tierras y beneficiada con altas rentas y subsidios procedentes del tesoro del Estado, que es tanto como decir del tesoro personal del califa. En los barrios se había desarrollado una amplia clase media de comerciantes y artesanos. Los talleres cordobeses exportaban tejidos, joyas, cerámica, vidrios, bronces, marfiles y cueros. Otra de las actividades económicas que proporcionaban enormes recursos a Córdoba era lo que podríamos llamar “alta industria de la esclavitud”, consistente en educar a esclavos, y sobre todo esclavas, como músicos, cantores, danzantes, recitadores y poetas para revenderlos a un precio muchísimo más alto. La cultura se convirtió en un gran negocio en al-Ándalus durante el Siglo X, y continuó siéndolo durante el XI. De Oriente llegaban músicos y poetas, atraídos por el mecenazgo andalusí; en los palacios de la aristocracia árabe no faltaban filósofos que diesen un perfil intelectual a las reuniones festivas. Los libros eran apreciadísimos y se pagaban grandes sumas por los ejemplares raros.

Mezquita de Córdoba, Río Guadalquivir y red urbana.

El comercio fue otra gran fuente de ingresos para el Estado de los omeyas; sobre todo el que se practicaba a través de las rutas caravaneras que cruzaban el Sahara de Norte a Sur. De allí provenían productos exóticos como el marfil y el ébano, pero sobre todo el oro de la región subsahariana.
Un Estado tan ávido de recursos como el de los omeyas dio prioridad al control de aquellas rutas comerciales, a pesar de la secuencia inacabable de conflictos que aquello supuso. El principal rival en el control de aquellas rutas fue el Califato Fatimí. Las tribus norteafricanas se alinearon en uno u otro bando; los zanata se pusieron de parte del Califato Omeya, mientras que los sinhaya lo hicieron del Califato Fatimí. En fecha tan temprana como 927, Abd al Rahmán III ocupó Ceuta y Melilla, y en 944 prestó apoyo al rebelde Abú Yazid Majlad, que sitió al-Mahdiyya, capital fatimí. En 951 todo el Magreb Occidental estaba del lado de los omeyas, incluido el caravansar de Siyilmansa.

                        Siyilmansa, actual Reino de Marruecos.

Al-Hakam II continuó con la política de intervención en el Magreb y gastó muchos más recursos en ello. Las numerosas campañas militares que hizo el Estado Omeya en aquellas tierras fueron dirigidas por el general Galib, que contrató a miles de mercenarios beréberes y sobornó a los jefes magrebíes ofreciéndoles cargos y rentas en Córdoba. Al-Hakam II no dudó ni un instante en mantener este esfuerzo económico y militar que aseguraba el control del comercio de las rutas saharianas. En los últimos años de su gobierno se vio obligado a aumentar de forma considerable la presión fiscal sobre todos los habitantes de al-Ándalus por causa de la necesidad de obtener recursos económicos que financiasen a un enorme ejército en campaña permanente. Los tiempos de Abd al-Rahmán III se alejaban de una forma imperceptible y comenzaba el malestar social, pues para los cordobeses era una afrenta ver a los esclavos (fatás) dirigir los asuntos del Estado, acumular riquezas y tratar con desdén a todo el mundo. Madinat al-Zahra era un nido de intrigas y muchos sabían que las decisiones importantes se tomaban en el haren, y que los eunucos, que desempeñaban altos cargos, obraban con entera libertad en el gobierno de al-Ándalus.

Madinat al-Zahra.

Todo lo que construyó Abd al-Rahmán III se fue desmoronando con su hijo Al-Hakam II, y esto ocurrió porque las bases no eran sólidas. Si analizamos las soluciones que el primer califa dio a los problemas que aquejaban al Estado, podremos comprobar que eran circunstanciales, meras componendas que funcionaron bien durante un tiempo, pero que después acarrearon conflictos mayores.
De esta forma, consiguió la adhesión de las familias aristocráticas árabes concediéndoles más privilegios y más rentas. Lo mismo hizo con los caudillos de los rebeldes muladíes; se los atrajo otorgándoles cargos y beneficios. Pero todo ello a cambio de nada, solo de su poco fiable apoyo.
Los problemas étnicos quedaron simplemente apaciguados por la bonanza económica; el resentimiento entre árabes y beréberes continuó, el desprecio entre descendientes de los conquistadores de 711 e indígenas también.
En el aspecto religioso se vio obligado a declarar la guerra santa y proclamar el deber de todo musulmán de combatir al infiel. No obstante, pronto debió de apaciguar la intensidad de esta propaganda, cuando se convenció de que era más conveniente pactar con los reinos cristianos que combatirlos.
Además, aumentó su aislamiento de los grupos sociales que lo mantenían en el poder, prescindiendo de ellos a la hora de organizar el ejército, compuesto en su inmensa mayoría por mercenarios. Se rodeó de una guardia compuesta por miles de esclavos, que en sí misma era ya un gran ejército. Finalmente, abandonó Córdoba y se recluyó en el gigantesco alcázar-ciudadela de Madinat al-Zahra.
Tuvo, eso sí, la prudencia de no abusar en exceso de la presión fiscal, a pesar de que el mantenimiento del aparato de Madinat al-Zahra era fabuloso.

En la próxima entrada de esta serie analizaré cómo aquel Estado mostró todas sus debilidades y se derrumbó finalmente, para no volver a levantarse jamás.