martes, 28 de junio de 2016

CABALLEROS DE SANTIAGO

Era una frontera salpicada de castillos a un lado y otro; era una frontera larguísima, que iba desde el Mediterráneo hasta el Atlántico. Al Sur de la línea divisoria se extendía uno de los imperios más grandes de aquella época, el imperio almohade. Los almohades fueron en su origen un movimiento religioso que pretendía un retorno a los principios del islam, que según ellos, habían sido olvidados. Era, por tanto, un movimiento que buscaba la pureza de la práctica religiosa y la fidelidad al credo. Su inspirador fue Muhammad Ibn Tumart, quien predicó sus ideas entre los agricultores de la cordillera del Atlas. Desde el primer momento el movimiento religioso se transformó en movimiento político, expandiéndose rápidamente por todo el Magreb, desde el Atlántico hasta el desierto de Libia. En 1145 los almohades desembarcaron en la Península Ibérica y sometieron a todos los reinos de taifas.

Imperio almohade, segunda mitad del Siglo XII.

En el lado Norte de la frontera un puñado de reyes soportaron la embestida de los almohades; reconocido por todos el peligro que les amenazaba, se hicieron alianzas entre cristianos y musulmanes; por un momento la cuestión religiosa pasó a un segundo plano, lo importante era detener a los almohades. El líder de aquella coalición era Alfonso VII, rey de León y Castilla, que en 1147 conquistó Almería.

                                           Alfonso VII de León y Castilla.

Pero aquella coalición se mostró poco sólida desde muy pronto; la nobleza aragonesa veía a Alfonso VII como su peor enemigo, los nobles portugueses tenían como único objetivo la independencia del Condado de Portugal, la nobleza navarra y catalana estaba en sus intereses, y los andalusíes, que tenían auténtico pavor a los almohades, acabaron convenciéndose de que los norteafricanos acabarían ganando la partida. Esto último, además de la muerte de Alfonso VII en 1157, precipitó la victoria de los almohades, que se anexionaron todas las taifas andalusíes; en 1172 todo al-Ándalus les pertenecía.

      Torre de La Giralda, Sevilla, antiguo alminar almohade.

Si en la Edad Media hubo un obstáculo para la consolidación del Estado, ese fue el concepto patrimonial que los monarcas tenían del mismo. Por esta causa era habitual que al morir el rey, dejase dispuesto en su testamento que sus hijos se repartiesen el reino en herencia; el mismo monarca hacía las partes en vida, teniendo como consecuencia que a veces los herederos no estuviesen conformes con lo que les había tocado. Alfonso VII hizo exactamente esto, aunque sus hijos estuvieron conformes en principio con el reparto. Sancho, el mayor, heredó Castilla con el nombre de Sancho III; Fernando, el segundo en la línea, heredó León con el nombre de Fernando II.
Que la fortuna interviene en la Historia es un hecho incontestable; así, vino a ocurrir que Sancho III de Castilla murió al año de ocupar el trono. Era el año de 1158 y el heredero de la corona, Alfonso, era un niño muy pequeño. Esta circunstancia fue aprovechada por la nobleza para ampliar sus privilegios y tomar el poder de facto. Estos enfrentamientos internos y el vacío de poder dejaron a Castilla indefensa ante la ambición de los Estados vecinos, principalmente ante León y Navarra.

                   Coronación de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra.

No obstante, Alfonso VIII se mostró un hombre tenaz al alcanzar la mayoría de edad. Durante los primeros años de su reinado, Alfonso VIII empeñó todas sus energías en someter a la nobleza castellana y ajustar cuentas con Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, y con Alfonso IX de León. Una vez afirmada su autoridad y recuperados los territorios que le habían sido arrebatados durante su minoría de edad, su objetivo era impedir que los almohades continuasen realizando campañas militares al Norte de los Montes de Toledo. Para conseguir esto último era imprescindible conquistar el valle del Guadiana, y por esta razón emprendió duras campañas militares, gracias a las cuales arrebató a los almohades extensos territorios de la margen derecha del mencionado río. Para tener firmemente sujetos estos territorios, procedió a repoblarlos, asegurando esta tarea con una serie de fortalezas que impedirían a los musulmanes realizar incursiones al Norte de la corriente del Guadiana. 
Para hacer la guerra a los almohades contaba con varios recursos militares. En primer lugar la alta nobleza y sus vasallos, que componían un cuerpo de caballería pesada en la que el jinete iba protegido con armadura y armado con pica y espada; junto al jinete, a veces, combatían peones de briega, es decir, infantes ligeros que apoyaban al caballero.
Los concejos también aportaban tropas cuando el rey lo solicitaba; eran las milicias concejiles, compuestas en general por agricultores armados según las posibilidades de cada uno; lo habitual es que formasen unidades de infantes ligeros y, en ocasiones, arqueros. En estas milicias concejiles también formaban miembros de la baja nobleza, caballeros, hombres del rey, que habían obtenido blasón y tierras por los servicios prestados a la corona; combatían a caballo, armados generalmente a la ligera.
Sin embargo, el tipo de guerra en la frontera exigía que un ejército permanente prestase el servicio de vigilancia y estuviese dispuesto en todo momento para realizar incursiones de pillaje y represalia. La guerra en la frontera con los almohades era una sucesión de combates cortos y rápidos, salpicados de una batalla de vez en cuando; los castillos eran los centros desde los cuales se organizaban las incursiones o se defendía el territorio.
La experiencia de las órdenes militares en Oriente fue útil en esta guerra intermitente de escaramuzas. La orden del Temple, fundada en 1118, se implantó con fuerza en Aragón y Portugal; por esta razón, Alfonso VIII, temiendo una excesiva influencia de los caballeros templarios, optó por conceder beneficios y privilegios a otras órdenes militares que hubiesen sido fundadas en la Península Ibérica. Desde un principio puso su atención en la orden de Santiago, que teniendo su origen en el reino de León, ofrecía unas características que Alfonso juzgaba adecuadas para sus proyectos.

                                               Cruz de la Orden de Santiago.

La Orden de los Caballeros de Santiago fue fundada en 1170 en el reino de león, siendo rey Fernando II, tío de Alfonso VIII. La razón de la fundación de la orden fue la defensa de la frontera de León con los almohades. Dicha frontera en el reino de Castilla era fácilmente defendible porque los montes de Toledo funcionaban como una barrera natural; en cambio en la zona occidental, correspondiente a León, la línea divisoria era más difusa y difícil de defender. Esta última frontera seguía el curso del río Tajo, desde su desembocadura hasta las sierras de Gata y Gredos. El estuario del Tajo estaba defendido por el conde de Portugal, mientras que el curso medio era un territorio con pocas defensas naturales que el rey de León era incapaz de defender adecuadamente. Por esta causa se fundó la orden de Santiago, para disputar a los almohades aquella llanura por la que corría el río.
Es imprescindible decir que la Orden Militar de Santiago no tuvo ninguna relación especial con Santiago de Compostela, excepto que el apóstol Santiago fuese el patrón de esta orden de caballeros. La elección del apóstol como patrón se debió a la fama que esta figura adquirió desde mucho tiempo antes como gran enemigo de los musulmanes. Dicha fama comenzó con el episodio legendario de la batalla de Clavijo, en la que, supuestamente, el apóstol Santiago apareció de manera milagrosa y combatió personalmente a los soldados del emir de Córdoba.

                                   Santiago en la batalla de Clavijo, año 844.

Hay quienes piensan que el perfil del Santiago hispánico es más propio de un dios precristiano que de un apóstol de Cristo. Desde luego es innegable que el Santiago de la batalla de Clavijo tiene muchos puntos de contacto con algunas divinidades y personajes mitológicos de la Europa anterior a la romanización y otros del mundo germánico. También se podría alegar que en el Antiguo Testamento aparecen algunos personajes que tienen muchas similitudes con este tipo de guerrero místico o guerrero de la fe. Sin embargo, hay que hacer notar que la imagen del Santiago hispánico está en el polo opuesto a la del apóstol Santiago, discípulo de Cristo y hombre dedicado enteramente al proselitismo. En la modesta opinión del que suscribe este artículo, el Santiago hispánico tiene efectivamente demasiadas similitudes con ciertas divinidades precristianas como para ser una casualidad; no obstante, dejemos el asunto aquí, pues la extensión de este artículo no permite bucear en aguas tan históricamente profundas.
Fuese como fuese, los atributos de Santiago resultaron eficacísimos para combatir a unos fanáticos de la talla de los almohades; y sobre todo porque este personaje mítico señala clara y directamente al enemigo al que hay que combatir, sin tonos intermedios. La identificación del guerrero con la imagen de Santiago le dota de una convicción profunda y una determinación absoluta en la lucha.

                       
                                     Pendón de la Orden de Santiago.


Uno de los principales atractivos que tenía la Orden de Santiago para Alfonso VIII era que se trataba de una orden nueva y, por tanto, con grandes deseos de expansión. Para atraerse a los caballeros de Santiago les otorgó grandes privilegios y beneficios; en 1174 les entregó el castillo y la villa de Uclés, situados en la actual provincia de Cuenca, con todas sus tierras y derechos de peaje.



                           Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet entregan del Castillo de Uclés
                           al maestre de la Orden de Santiago.

Con esta importante entrega Alfonso conseguía que la Orden de Santiago trasladase su sede principal al reino de Castilla, concretamente a la zona oriental de la frontera de Castilla con los almohades. En 1177 los caballeros de Santiago participaron en la conquista de la ciudad de Cuenca, con tal ánimo que merecieron los elogios del rey y otras donaciones en dicha ciudad. En breve, la orden se convirtió en la punta de lanza de la guerra contra los almohades en la frontera oriental de Castilla.
Desde 1174 hasta 1195, es decir, durante 20 años, Alfonso VIII emprendió un programa militar cuyo objetivo era la conquista del valle del Guadiana; dicha empresa tenía sus fundamentos en el establecimiento de una serie de fortalezas que impidiesen a los almohades recuperar el terreno perdido; la defensa de estos castillos la encomendó, en buena parte, a dos órdenes militares; la zona que se extendía desde la ciudad de Toledo hasta las aguas del Guadiana correspondió a la orden de Calatrava, mientras que la zona oriental, que iba desde la serranía de Cuenca hasta las estribaciones de la Sierra de Alcaraz, correspondió a la orden de Santiago.



El plan de Alfonso VIII era muy claro; una vez asegurado el valle del Guadiana, la nueva frontera se desplazaría hacia el Sur, quedaría establecida en los pasos de Sierra Morena; bastaría con allanar aquellos pasos para que toda la inmensa llanura del Guadalquivir quedase indefensa ante cualquier tipo de incursiones, ya fuesen de saqueo, ya de conquista; el corazón del Imperio Almohade en la Península Ibérica quedaría abierto, y las grandes ciudades del Sur perderían toda seguridad.
Para que esta estrategia tuviese éxito era imprescindible establecer en las orillas del Guadiana un gran centro de operaciones militares y de repoblación del territorio; era necesario construir una gran fortaleza desde la cual dirigir el gran avance hacia las laderas de Sierra Morena. El lugar elegido por Alfonso VIII para construir esta gran fortaleza a orillas del río fue un cerro próximo a la actual Ciudad Real conocido con el nombre de cerro de Alarcos.

                   Ruinas del castillo de Alarcos.

En aquel cerro comenzó Alfonso VIII a construir un gran castillo tras la finalización de una tregua acordada con el califa almohade Abu Yaqub Yusuf  en 1190. Las obras debieron comenzar en 1193 o 1194, cuando Alfonso ya había decidido romper la tregua y había avanzado desde los Montes de Toledo hacia el Sur, en dirección a la orilla del río. Los castellanos se movían sin dificultades en una gran cuña de terreno cuya punta era el cerro de Alarcos. La orden de Calatrava llevó gran parte del peso de estas operaciones, mientras la de Santiago  presionaba en la zona de Alcaraz.
Tan seguros se encontraban los hombres del rey que Martín López de Pisuerga, arzobispo de Toledo, cruzó en 1194 los puertos de Sierra Morena y saqueó los territorios de Jaén, Córdoba y Sevilla. Para el califa almohade aquello fue la gota que hizo colmar el vaso; entendió que la fortaleza de Alarcos era una amenaza definitiva para sus dominios de al- Ándalus, y que la incursión del arzobispo de Toledo era solo el comienzo de otras muchas que acabarían por arruinar el poder de los almohades en la Península.
La respuesta de Yusuf  fue contundente; a finales de la primavera de 1195 desembarcó con un gran ejército en Tarifa, reclutó a los andalusíes y a muchos mercenarios cristianos, cruzó el paso de Despeñaperros y se dirigió directamente al castillo de Alarcos, que aún estaba construyéndose. Alfonso VIII le salió al encuentro y ambos se enfrentaron el 19 de julio de 1195. Como consecuencia el rey castellano sufrió una gran derrota y el castillo de Alarcos fue destruido por los almohades.

Campo de batalla de Alarcos.

Dicen que el verdadero valor se demuestra ante la adversidad; Alfonso VIII demostró sobradamente el suyo tras la batalla de Alarcos. Derrotados los castellanos, hubieron de refugiarse en Toledo; aquel día se perdieron todas las conquistas de veinte años; todo el valle del Guadiana pasó de nuevo a manos de los almohades. Sin embargo, la antigua frontera aguantó. En ello tuvieron mucho que ver la organización y el espíritu combativo de las órdenes militares. El mismo castillo de Uclés fue asaltado tras la derrota de Alarcos, pero el maestre de la orden, Sancho Fernández de Lemus, aguantó y los almohades hubieron de retirarse. Otro factor que influyó para que Yusuf no obtuviese mayor provecho de su victoria fue que los propios andalusíes detestaban más a los almohades que a los castellanos, pues en el fondo los consideraban unos invasores extranjeros; no estaban, por tanto, dispuestos a colaborar demasiado. Por otra parte la situación en el Norte de África era muy inestable y Yusuf decidió regresar para desanimar a rebeldes y traidores con su presencia.
Efectivamente, la antigua frontera de los montes de Toledo y las sierras de Cuenca aguantó en aquel momento difícil; y como ya hemos dicho, Alfonso demostró que jamás se daba por vencido. Durante 17 años aguardó el momento de la revancha, cuidándose mucho de no cometer otro error.
Entre 1195 y 1212 la orden de Santiago permanece firme en su puesto; a cambio, el rey concede a los caballeros santiaguistas derechos y privilegios, consciente de que la defensa de la frontera dependía de ellos. Durante aquellos años los de Santiago combaten en los llanos de Cuenca y Albacete; en sus incursiones y cabalgadas entran en los pasos de Alcaraz y se acercan a las orillas del Guadalimar.
En los años inmediatos a 1212 los caballeros de Santiago se habían adueñado del Campo de Criptana, y lo que es más importante, del Campo de Montiel, en las proximidades de los pasos de Sierra Morena. Por aquel tiempo Alfonso VIII veía acercarse el momento de su desquite.

Torre de la Higuera, estructura defensiva de los pasos de Sierra Morena en Campo de Montiel.

Alfonso VIII había comprendido en Alarcos que el Imperio Almohade era un enemigo formidable, incluso para el reino de Castilla. Una vez tomadas posiciones cerca de los puertos de Sierra Morena, la estrategia debía basarse en un golpe rápido y demoledor contra el poder de los almohades en la Península. La rapidez era prácticamente imposible, pues reunir un gran ejército llevaría meses de preparativos. Por otra parte, era necesario atraer a la empresa a cuantos aliados se pudiese; lo ideal era reunir a todos los reyes cristianos de la Península; el rey de Léón, el rey de Aragón, el rey de Navarra y el rey de Portugal. Sin embargo, los reyes de León y de Portugal rechazaron desde un principio la invitación de Alfonso, por considerarlo su enemigo. Aún así, era necesario dar a la causa una justificación religiosa que, además, atrayese a caballeros de allende los Pirineos; de esto último se encargó Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, quien consiguió la declaración de cruzada del papa Inocencio III. Convocada la cruzada, acudieron centenares de caballeros de Europa, sobre todo franceses. También acudieron voluntarios de León y Portugal a la llamada del papa. Las órdenes militares tendrían un papel fundamental en esta empresa militar, participarían Santiago, Calatrava, el Temple y San Juan.
Como hemos dicho el plan consistía en cruzar lo más rápidamente la llanura manchega y pasar los puertos de Sierra Morena sin detenerse. Abu Yaqub Yusuf había muerto en 1199 y el nuevo califa almohade era su hijo Muhammad al-Nasir, hombre reservado, pero no indeciso, que inmediatamente reunió un gran ejercito en el Norte de África y cruzó el Estrecho de Gibraltar.
A finales de la primavera de 1212 el ejército cruzado se había reunido en la ciudad de Toledo; eran unos 12000 hombres, y entre ellos destacaban los caballeros de Santiago, con sus hábitos blancos y su cruz roja con forma de espada. Al frente de los santiaguistas iba Pedro Arias, maestre de la orden desde 1210.
Al llegar a la fortaleza de Calatrava la inmensa mayoría de los cruzados procedentes de Francia y otros lugares de Europa abandonaron la empresa y regresaron por donde habían venido; esto se debió a que no estaban de acuerdo con el trato que se daba a los vencidos; según ellos no se debían respetar las vidas de los cautivos, pues en la cruzada al infiel solo correspondía la muerte; es evidente que no entendían la política de los reyes de la Península Ibérica, que llevaban ya 500 años luchando contra el islam.

                        Castillo de Calatrava.

Tras pasar el puerto de Despeñaperros, el ejército cruzado se encontró con el ejército almohade, mucho más numeroso. Se calcula que debía estar formado por unos 20000 hombres, entre los que había bereberes, andalusíes y mercenarios de muchas procedencias.
La batalla, conocida como de Las Navas de Tolosa, tuvo lugar en una vaguada entre dos cerros próximos a la actual Santa Elena, en la provincia de Jaén; era día lunes 16 de julio de 1212.

Batalla de Las Navas de Tolosa.

Alfonso VIII tomó la decisión de comenzar la batalla arriesgándolo prácticamente todo. Verdaderamente podía haberse retirado, pero hubiera sido difícil encontrar otra ocasión en la que consiguiese tantos apoyos. Las órdenes militares formaron en el centro, donde sabían que iban a soportar lo más duro de la batalla.
La orden de Santiago formó en el ala izquierda del centro; en total debían ser alrededor de doscientos caballeros; sin embargo, hay que tener en cuenta que cada caballero iba acompañado de dos a tres escuderos, también a caballo y con armamento pesado, lo que suma un total de más cuatrocientos jinetes. Por otra parte, cada caballero contaba con dos o tres peones auxiliares, lo que supone un número aproximado de trescientos o cuatrocientos infantes armados a la ligera que apoyaban a los jinetes en el campo de batalla. Por tanto, no vemos exagerado decir que la Orden de Santiago se presentó en las Navas de Tolosa con unos 800 hombres armados. Los caballeros iban armados con pica y espada; en otros casos, con pica y maza. Iban protegidos con yelmo y cota de malla; algunos, a la cota añadían algunas piezas de armadura, sobre todo, un peto, unas hombreras y unos guanteletes. Algunos no usaban cota y se protegían solo con armadura de piezas de acero. Dependiendo del tipo de protección y el numero de piezas, el equipo completo podía llegar a pesar más de 35 kg, teniendo en cuenta que debemos añadir un escudo triangular. Los caballos, que para la caballería pesada solían ser de gran talla, también iban provistos de algunas piezas de armadura de acero, a menudo de testera y pechera.



                                 Posible aspecto de un caballero de Santiago en las Navas.

Un caballero bien armado y subido al caballo podía pesar en total entre los 600 y los 750 kg; es decir, un peso enorme, que a unos 25 o 30 km/h se convertía en una masa arrolladora que abría boquetes en las filas enemigas. Podemos imaginar a una tropa de cien caballeros cargando al galope y hacernos una idea de la potencia de aquella caballería pesada.
En el campo almohade, quienes formaron frente a Santiago fueron los jinetes de la caballería pesada almohade. Iban armados de manera semejante a los caballeros cristianos, con yelmo, cota de malla y armadura de acero. En general eran excelentes jinetes, pertenecientes a la nobleza bereber, aunque también figuraban entre ellos mercenarios de cualquier parte del Norte de África. Mas la izquierda, frente a  los caballeros de Santiago, y dispuestos a realizar movimientos envolventes, formaban los jinetes de la caballería ligera bereber, reclutados en el Atlas y montados en caballos más pequeños y ligeros; estos jinetes no usaban cota ni otro tipo de armadura, muchos de ellos ni siquiera yelmo, sino que se cubrían con turbante; eran muy rápidos y podían desbaratar una carga atacando por los flancos.
Tras los primeros combates, la infantería ligera almohade retrocedió y la vanguardia de Alfonso VIII comenzó a subir adonde se encontraba el grueso del ejército almohade. En su ayuda cargaron entonces las órdenes militares y se produjo un terrible choque en la pendiente del Cerro de los Olivares. Todos mostraron gran valentía, según las crónicas, almohades y cruzados. Sin embargo, y como era de esperar, los jinetes ligeros bereberes y muchos mercenarios turcos, corriendo con gran rapidez, pusieron en fuga a la infantería cruzada; quienes peor aguantaron la maniobra almohade fueron los de las milicias concejiles, que fueron acribillados por las flechas de los jinetes musulmanes.

                     Jinete turco disparando el arco al galope.

Fue en este momento en el que los caballeros de Santiago hubieron de demostrar mayor entereza; las filas de los cruzados comenzaron a ceder y los jinetes musulmanes bajaron del cerro al llano. No obstante, y confundidos por la impresión de que la batalla ya estaba ganada, la mayor parte de la infantería almohade se dispersó por toda la nava, sin darse cuenta de que toda la nobleza de Castilla , Navarra y Aragón aún no había entrado en combate. Esta fue la causa principal de la derrota de al-Nasir. Sin haber intervenido todavía, los ejércitos feudales de la nobleza y los reyes aguardaban en la cima del cerro donde habían formado desde el principio de la batalla. Viendo Alfonso VIII que el ejército cruzado retrocedía, esperó a que los almohades estuviesen bien dispersos, y entonces ordenó que todos, reyes y nobles, cargasen contra el enemigo en el llano. Estamos hablando de varios cuerpos de caballería pesada formados por guerreros profesionales; es decir, de hombres que se dedicaban en exclusiva al entrenamiento y práctica de la guerra desde niños; se trataba, por tanto, de una caballería de gran eficacia. Por otra parte, la decisión de atacar y no retirarse no dejaba otra opción que combatir hasta el final; de ahí la determinación con la que entraron en combate aquellos soldados. El resultado fue catastrófico para los almohades, pues ocurrió lo que suele pasar en algunas batallas, que desconcertados los hombres de al-Nasir, viéndose arroyados y descompuestas las filas, fueron presa del pánico. Cuando el temor pánico se apodera de una masa, la conciencia de grupo desaparece y cada uno busca su propia salvación sin atender a otra cosa. Así, los cruzados persiguieron a los almohades por la nava, y después cuesta arriba, donde se produjo una gran matanza. Los jinetes turcos y bereberes que pudieron, se pusieron a salvo a lomos de sus monturas; lo mismo hicieron los nobles andalusíes; la infantería toda pereció en la ladera del cerro. Cuando al-Nasir vio que los enemigos se acercaban, emprendió la huida con su guardia y parte de la nobleza almohade; poco después, los cruzados se apoderaban de su campamento.

        Las Navas de Tolosa.



El papel que desempeñaron los caballeros de Santiago en la batalla de las Navas de Tolosa fue importantísimo; aguantaron lo más duro de los combates y el maestre Pedro Arias perdió allí la vida. Este comportamiento fue recompensado por Alfonso VIII; muerto el rey en 1214, quedó muy claro que la función de las órdenes militares en la repoblación de los territorios conquistados y la defensa de la frontera era de carácter fundamental.
Las grandes conquistas se hicieron en tiempos de Fernando III, nieto de Alfonso VIII y rey de León y Castilla. Fernando III fue quien aprovechó la gran victoria de las Navas de Tolosa y la descomposición del Imperio Almohade; campaña tras campaña fue conquistando el valle del Guadalquivir y Extremadura; los territorios que no conquistó, los dejó sujetos a tributo. Al final de su reinado, en 1252, el islam había quedado en la Península Ibérica como un hecho residual.



En todas estas conquistas la Orden de Santiago destacó, y por ello recibió numerosas encomiendas, ya fuesen tierras o casas en los centros urbanos. Aunque durante el Siglo XIV la Reconquista sufrió un parón, debido a los conflictos internos del Reino de Castilla, los caballeros de Santiago continuaron con su labor de defensa de la frontera. Cuando en el Siglo XV el poder real consiguió fortalecerse frente a la nobleza en Castilla, la Orden de Santiago colaboró en la conquista de la última taifa andalusí, el reino de Granada. Sin embargo, el espíritu de cruzada no terminó aquí, sino que continuó en la lucha contra los turcos otomanos durante los siglos XVI y XVII. La actividad militar de la orden mermó a la par que la importancia de España como potencia internacional; en el Siglo XVIII España pasa a ser una potencia de segundo orden, satélite de Francia. Con la pérdida de las colonias tras la guerra de la Independencia y la expansión de las ideas liberales, la Orden de Santiago queda reducida a una especie de club aristocrático que carece de importancia en los ámbitos político y militar. Declarada la Primera República, la orden fue suprimida en 1873.
El tiempo, inexorable, deja a las cosas obsoletas. Durante una época los caballeros de Santiago gozaron de un grandísimo poder en la Península Ibérica, los servicios prestados a los reyes de Castilla fueron de un altísimo valor; pero, terminada la Reconquista, desapareció buena parte de su razón de ser; fueron una institución plenamente medieval y, acabado aquel tiempo, su existencia dejó de ser necesaria para el Estado moderno. Sí que hay algo que aún permanece: la determinación de los que creen firmemente en algo.

martes, 22 de marzo de 2016

GUERRA Y ESTADO EN LA EDAD MEDIA. III

Es el mes de junio del año 793. Las primeras luces del amanecer permiten distinguir la silueta de la costa de Northumbria. Es una buena época del año para navegar por el Mar del Norte, el solsticio de verano se acerca. Cuando los primeros rayos del sol aún no calientan las pedregosas playas de la Isla Santa, una flota se aproxima a la costa, rompiendo las últimas brumas del amanecer.
A pocos metros de tierra firme, los remos se detienen y saltan por la borda de los primeros barcos un grupo de hombres; son los campeones, los más audaces. Tras ellos, llegan a tierra los capitanes de cada nave, rodeados por varias decenas de guerreros.
El desembarco has sido tan silencioso que desde el cercano monasterio de Lindisfarne nadie se ha percatado de lo que ocurría. Cuando algunos monjes se dan cuenta, los recién llegados ya se han agrupado en la playa. Se da la alarma, pero toda defensa es inútil; un primer grupo de guerreros llega a la periferia de los edificios del monasterio y comienza una matanza brutal; no se respeta la vida de personas ni animales; aquellos que suplican por su vida son capturados y conducidos a los barcos como esclavos; los tesoros y los objetos de culto que guardaban los monjes, les son arrebatados y amontonados para hacer el recuento del botín.

                  Ruinas del monasterio de Lindisfarne. Isla de Britania.







Cuando la noticia del feroz saqueo llegó a la comitiva del rey Carlomagno, todos lamentaron lo sucedido. Desde los tiempos de Pipino el Breve, los reyes de los francos se habían declarado fervientes cristianos y protectores de la Iglesia; por aquel año de 793, Carlomagno ya había fundado varios obispados y abadías en tierras donde antes solo había paganos. Sin embargo, todo quedó en eso. Los habitantes de las cuencas del Rin y del Mosa habían sufrido durante años los saqueos de los paganos, en unas ocasiones los frisones, en otras los sajones; la noticia del pillaje en Lindisfarne no era, por tanto, algo extraño o inusual. La lucha contra los sajones duró muchos años más, hasta 804, año en que arrasados sus campos y poblados, diezmada la población y deportadas comunidades enteras, se rindieron finalmente y se convirtieron al cristianismo.
De todos modos, la noticia del saqueo de Lindisfarne tenía gran importancia, porque se trataba de uno de los monasterios más importantes de la cristiandad occidental. Durante el Siglo VIII el cristianismo en Occidente fue una religión y una sociedad acosadas. Prácticamente todas las fronteras de la Europa Occidental cristiana fueron puntos conflictivos, sobre los que se cernía la amenaza de saqueadores e invasores. En el Sur, la presión ejercida por el islam fue terrible; los musulmanes practicaron la piratería en todo el Mediterráneo y conquistaron amplios territorios en las penínsulas Ibérica e Itálica. En el Este la amenaza provenía de los ávaros, pueblo de las llanuras de Asia Central que se había instalado en el Danubio Medio y saqueaba los territorios de bávaros y alamanes. En el Norte, las campañas contra los frisones y sajones duraron décadas; también hubo Carlomagno de emplearse contra los daneses, que habitaban el Norte de la Península de Jutlandia.
En general, los francos no distinguían demasiado entre sajones y daneses, pues les parecían gentes muy semejantes; de manera muy imprecisa, llamaban normandos, es decir, hombres del Norte, a todos los que habitaban al Norte de los sajones. En principio no establecían diferencias entre daneses, noruegos y suecos, aunque tenían cierto conocimiento de la Península de Escandinavia. Para los francos, los daneses se comportaban de forma semejante a los frisones y los sajones; eran piratas y saqueadores. Carlomagno, en su búsqueda de una estabilidad en las fronteras, luchó contra los daneses, e incluso creó una marca danesa, con el objetivo de mantener a raya a tan incómodos vecinos.
Sin duda los saqueadores de Lindisfarne fueron noruegos, procedentes de los fiordos de la costa Oeste de Escandinavia. A finales del Siglo VIII las penínsulas de Escandinavia y Jutlandia estaban divididas en pequeños reinos de escasa estabilidad. Los reyes pertenecían a la aristocracia guerrera que desde tiempo atrás había impuesto su autoridad sobre el resto de la población. Aquellos aristócratas debían su posición privilegiada a la capacidad de repartir beneficios y regalos entre los que le prestaban fidelidad; cuanta más riqueza distribuyese el noble, más fieles conseguía, aumentando su clientela. Los reyes participaban de estas características; un rey poderoso estaba obligado a repartir alimentos y riquezas entre su gente; si no lo hacía, surgían competidores entre la nobleza guerrera que le disputaban la corona. La forma más rápida y eficaz de repartir bienes entre sus fieles era dedicarse al pillaje, obtener victorias y ricos botines.
Carlomagno ya conocía como se comportaban aquellos nobles normandos cuando hubo de hacer la guerra a lo daneses; a duras penas consiguió contenerlos, pues a comienzos del Siglo IX los piratas de Jutlandia llevaron a cabo algunas incursiones en las costas próximas a las desembocaduras del Rin y el Mosa.

Principales poblamientos normandos.

La navegación fue un elemento muy importante en la expansión e incremento de las expediciones de pillaje de aquella nobleza necesitada de mantener su posición social. La herramienta que les proporcionó la posibilidad de desplazarse rápidamente en largas travesías fue un tipo de embarcación que recibía el nombre de drakkar, es decir, dragón. Con estas naves los escandinavos eran capaces de cruzar el Mar del Norte y el Báltico a una velocidad de 10 nudos a vela y a algo menos durante un corto tiempo a remo; podían remontar los ríos y penetrar en tierra muchos kilómetros adentro y navegar con seguridad en medio de la mar gruesa. Como ejemplo de aquellas embarcaciones tenemos la nave funeraria que fue encontrada bajo un túmulo en Oseberg, Noruega. Tenía 22 m de eslora y 5 m de manga, con 15 remos a cada lado y un mástil de 10 m de altura.

                   Barco de Oseberg.

Los drakkars eran barcos sin cubierta; si calculamos que la manga era de una media de 5 m y cada remero ocupaba un espacio de poco más de 1 m de ancho, en medio quedaba una especie de pasillo de 2,5 m aproximadamente; en este espacio era donde se colocaba el equipaje, las provisiones y las armas. Se practicaba el cabotaje si era posible, y cuando no lo era, la tripulación hacía noche en los huecos que quedaban entre los bancos de los remos o donde fuese posible; al raso, pues como hemos dicho no había cubierta. Desde la quilla a la regala las medidas no superaban los 2 m y el calado era más o menos de 1 m; esto permitía aquellos barcos aventurarse en aguas poco profundas y remontar los ríos sin temor a encallar; podían navegar en una profundidad de 2,5 metros con total seguridad.


Los reyes escandinavos tenían en tanto aprecio aquellos barcos que los usaban como cámara funeraria como en los casos de Oseberg y Gokstad. A menudo estas embarcaciones estaban espléndidamente decoradas con buenas tallas.

                                  Detalle del barco de Oseberg.

De los dos ejemplos que hemos nombrado, el barco de Gokstad es el de mayor tamaño, con 24 m de eslora; aquella nave podía alcanzar 12 nudos de velocidad y fue construido casi un siglo después que el de Oseberg.

                              Barco de Gokstad, Noruega.

Cuando vemos las armas que utilizaban aquellos piratas escandinavos, destaca entre ellas el hacha, que también es herramienta de campesinos, leñadores y marineros. No cabe duda de que aquellos guerreros tenían su origen en las aldeas y granjas de ganaderos y leñadores, gentes que se aventuraban al mar atraídos por las ganancias que les prometían los nobles y caudillos de su comunidad, siempre ávidos de prestigio y poder.
Aquellos marinos y leñadores se alistaban cada comienzo de primavera en las expediciones que organizaban reyes y nobles; de esta forma, a menudo los grupos de saqueadores eran heterogéneos, siendo fácil encontrar noruegos, daneses y suecos en una misma empresa.

                    Hacha ricamente decorada.

Como hemos dicho, los francos no distinguían bien entre daneses, noruegos y suecos; para ellos había un elemento que los identificaba a todos por igual: eran paganos. Efectivamente, los escandinavos del período carolingio aún no se habían convertido al cristianismo; poseían una serie de creencias semejantes a las de los sajones; ideas que habían evolucionado con el tiempo y en paralelo a la sociedad escandinava. Al aparecer una clase guerrera que vivía en buena parte del pillaje, el valor moral más elevado había sido ocupado por el éxito en la guerra y el uso de las armas. Para el hombre escandinavo la guerra era la actividad más elevada y morir en combate tenía como premio el acceso a un lugar lleno de satisfacciones en compañía de los dioses. Como es evidente, estas creencias chocaban frontalmente con la moral cristiana y todo su sistema de valores. Esta era la razón principal por la que el Estado carolingio sentía una especial aversión hacia los normandos. Los pipínidas, y Carlomagno en particular, habían supuesto un rayo de esperanza para el cristianismo en Occidente, amenazado y hostigado por un enjambre de enemigos; es más, la probabilidad de que el cristianismo se hubiese derrumbado en Europa Occidental fue muy alta, pero la estructura político-militar levantada por los pipínidas lo impidió. Una vez sometidos los sajones y ávaros, Carlomagno se resigno a mantener la guardia alta contra los normandos, evitar en lo posible la piratería y vigilar las fronteras.
Aunque los noruegos fueron célebres por el saqueo de la abadía de Lindisfarne, y en 794 por los pillajes de los monasterios de Jarrow y Monkwearmouth , los daneses tomaron inmediatamente el relevo, organizando flotas dedicadas a la piratería y el asalto de grandes monasterios repletos de reliquias y otros tesoros. Durante el Siglo IX, los daneses saquearon Britania  y las costas del país de los francos. Los británicos les comenzaron a llamar vikingos, palabra que es sinónimo de piratas.
Sorprende comprobar como todos los escandinavos muestran a partir del Siglo IX un comportamiento semejante; esto se debe sin duda a que en el fondo de dicho comportamiento se encuentra la necesidad de reyes y nobles de conseguir clientelas militares cada vez más amplias; para conseguirlas, buscan hombres allá donde se encuentren, sin reparar en fronteras ni territorios. Es evidente que desde este momento las relaciones y las comunicaciones entre todos los territorios escandinavos se intensifican, tendiendo a una homogeneización cultural y de estructuras sociales.

                          Losa con escritura rúnica, Suecia.

Si Carlomagno mantuvo a raya a los daneses, cuando murió, no pudo hacer lo mismo su hijo y sucesor Luis el Piadoso. Los daneses comenzaron sus asaltos en Galia desde 810, y a partir de 834 asolaron las costas de Frisia, Ruan y Amberes; después remontaron el Rin y saquearon todo aquel territorio.

                                    Yelmo vikingo.

Ya en tiempos de Carlomagno los daneses se habían percatado de que amplios territorios del Imperio Carolingio se encontraban bajo la administración directa de obispados y abadías. Esto ocurría porque aquel Estado no establecía diferencias entre la institución de la Iglesia y la administración imperial. De hecho, los obispos, abades y otros eclesiásticos actuaban como oficiales al servicio del emperador. A cambio de estos servicios y de proporcionar una legitimidad al EStado franco, Pipino el Breve y Carlomagno habían otorgado grandes beneficios a la Iglesia, en forma de tierras y exención de tributos. En general, las tierras de la Iglesia tenían una deficiente defensa, cuando no, ninguna. Para los escandinavos, asaltar las tierras de la Iglesia era una empresa sumamente fácil y provechosa, pues las abadías y sedes episcopales rebosaban de riquezas.

                              Corona carolingia.

No tardaron mucho tiempo los escandinavos en darse cuenta de que los territorios que no pertenecían a la Iglesia tampoco estaban adecuadamente defendidos. En principio porque el acoso a las fronteras en los últimos años de Carlomagno se había redoblado; los eslavos, procedentes de las llanuras que se extendían al Este del Vístula, presionaban sobre Sajonia. Los daneses aprovecharon esta circunstancia, sobre todo en tiempos de Luis el Piadoso, cuando el peligro en las fronteras aumentó. Además, la familia de los pipínidas se sumergió en un mar de luchas internas tras la muerte de Carlomagno en 814. Como correspondía a la tradición franca, Luis el Piadoso repartió su herencia entre sus hijos; el mayor, Lotario, coronado coemperador, tendría el núcleo del reino de los pipínidas, los territorios de los valles del Sena, del Rin y del Mosa; a Pipino le entregó Aquitania; y al menos, Luis el germánico, Baviera. Por otra parte, permitió a su sobrino Bernardo que se mantuviese en el trono de Italia, pero jurando obediencia a Lotario.
El primer conflicto lo provocó Bernardo, cuando se negó a subordinarse a Lotario, según había dispuesto Luis el Piadoso en 817. En respuesta a esta rebeldía, el emperador cegó a su sobrino, que murió dos días después. Si bien este acto de crueldad tuvo como objetivo la defensa de los intereses del primogénito y la conservación del patrimonio del la familia, sus consecuencias fueron nefastas, porque hizo germinar la semilla de la desconfianza entre los pipínidas.

                                              Luis el Piadoso.

 En 829, Luis el Piadoso concedió a Carlos, hijo de su tercera esposa, el territorio de Alamania. Esta vez quien se sublevó fue Lotario, primogénito y coemperador, pues el país de los alamanes le había correspondido a él en el primer reparto. Como consecuencia, estalló una violenta guerra civil entre los hermanos, que se prolongó hasta 831, año en que el emperador consiguió restaurar el orden.

                                                Lotario, emperador de los francos.

En 832 los hijos de Luis se sublevaron de nuevo, el emperador fue apresado y Lotario propuso que se cumpliese el primer reparto, a lo cual se negaron los demás, pues suponía la subordinación al primogénito. Esta nueva rebelión terminó en 835, año en que el emperador consiguió controlar de nuevo la situación.
En 836, mientras Luis el Piadoso intentaba establecer un nuevo reparto entre sus hijos que garantizase los derechos de Carlos, el menor, los daneses asaltaron Utrech y Amberes. Estas incursiones tuvieron una importancia fundamental, porque se produjeron en el mismo corazón del reino de los francos. Es evidente que los daneses aprovecharon la desprotección de aquel territorio, núcleo fundamental del reino, donde, además, se encontraba buena parte de la riqueza del imperio de los francos.

Rutas de los daneses.

En 837 los daneses remontaron el Rin con sus barcos y saquearon las ciudades y monasterios que fueron encontrando a su paso. Esto supone dos cosas; primero, que la desvertebración del imperio franco ya era intensa en aquel año; segundo, que las expediciones de los escandinavos habían alcanzado un alto grado de organización, que se recababa información previamente y se planificaban los asaltos de forma minuciosa. Entretenidos los pipínidas en sus luchas intestinas, formados diversos bandos que se enfrentaban a banderas desplegadas, a menudo los territorios quedaban sin administradores ni protección militar, situación que siempre era aprovechada por los daneses que actuaban con flotas coordinadas y utilizando una infantería que en aquel momento poseía una gran efectividad.

                                   Infantería escandinava.
 
Las armas del infante escandinavo eran, sin duda, eficaces en combate. Utilizaba un escudo redondo de madera de roble que a la misma vez era ligero y resistente. El arma ofensiva predilecta era el hacha, de la cual había muchos modelos; pero, en general, la tendencia fue a alargar el mango, llegando a alcanzar hasta 1,8 m. En un principio las hachas utilizadas fueron exactas a las herramientas del leñador; pero después, la hoja fue adelgazando, aligerando su peso y adoptando un filo muy fino. A la vez que el arma evolucionaba, los que la usaban, también lo hicieron. Si en los comienzos de la época vikinga los guerreros eran campesinos y marinos que anhelaban obtener prestigio y riquezas, más tarde el combatiente se fue desligando de las actividades productivas para dedicarse casi exclusivamente al oficio de la guerra, formando parte de la clientela militar de reyes y nobles. El guerrero cuidaba de sus armas como algo muy valioso y procuraba que fuesen útiles para su uso. Estos hombres dedicados exclusivamente a la guerra debían cuidar de no recibir heridas graves en combate, y por ello se extendió el uso de la cota de malla, objeto defensivo que permitía disminuir los daños.
En medio de este formidable peligro, Luis el Piadoso no dio un paso atrás en su deseo de proporcionar a el vástago de su última esposa una herencia igual o mejor que la de sus restantes hijos. En 837 coronó a Carlos rey de Alamania y Borgoña, y un años después, tras la muerte de Pipino, rey de Aquitania. Aquella gota hizo rebosar un vaso que ya estaba lleno desde hacía muchos años; Luis el Germánico y Pipino II de Aquitania se aliaron para vencer a su respectivo padre y abuelo. Mientras los daneses se hacían los amos de Frisia, los pipínidas se enfrentaban unos contra otros.


Sello de Luis el Germánico.


Finalmente, en 839, el emperador y Lotario llegaron a un acuerdo en la ciudad de Worms; éste último le apoyaría en su lucha con el resto de la familia a cambio de quedarse con las territorios más ricos del reino de los francos, las cuencas del Mosa y del Rin y el Norte de Italia. Para que Luis el Germánico aceptase el trato, se le entregaría Baviera en toda su integridad; a Carlos, el menor  se le reconocería como rey de Aquitania. El acuerdo calmó a todas las partes, pero a mediados de 840 murió Luis el Piadoso y el conflicto  entre los hermanos volvió a surgir de nuevo. Los enfrentamientos entre los herederos continuaron hasta que en 843 se reunieron en Verdún con la intención de llegar a un acuerdo sólido que diese satisfacción a las tres partes.
Por el Tratado de Verdún el antiguo Imperio Carolingio se fraccionaba en tres partes; la zona central le correspondería al primogénito, Lotario, quien además ostentaría el título de emperador de Occidente; la zona oriental le correspondería a Luis el Germánico; y la zona occidental le correspondería al menor, Carlos, apodado el Calvo.




Por aquel tiempo los escandinavos provocaban terror en los reinos de los tres hermanos; los condes, administradores de los territorios, a menudo debían organizar la defensa por sí solos, reclutando soldados como podían, o manteniendo clientelas armadas. Las ciudades y sedes episcopales se fortificaron con fosos y murallas. Por doquier los hombres libres se ponían al servicio de los poderosos, que eran los únicos que podían garantizarles una cierta seguridad.
En 845 los daneses remontaron el Sena en sus drakkars y llegaron a París, obteniendo de Carlos el Calvo el primer danegeld, tributo de 7000 libras de plata. No hay que entender este danegald como un tributo al uso, sino más bien como un rescate, a cambio de que los daneses se fueran por donde habían venido.
En 857 saquearon París, Evreux, Chartres y Bayeux y dominaron todo el curso del Loira desde Nantes a Orleans. En 860 los daneses construyeron campos fortificados en las orillas del Lys y del Escalda, y más tarde, en el Mosa; el valle de este último río fue saqueado hasta Lieja, y el valle del Rin lo fue hasta Estrasburgo.

                       Empuñadura de una espada vikinga.

Cuando los jefes vikingos saquearon todo el Norte del antiguo Imperio Carolingio, vieron más provechoso explotar a las poblaciones en lugar de obligarlas a huir de sus ciudades y monasterios. De esta forma, el danegeld se hizo más frecuente y pasó a parecerse más a un auténtico tributo. Entonces, las bases fortificadas en las desembocaduras de los ríos se transformaron en centros de colonización y de tráfico de mercancías. Estos asentamientos militares y mercantiles acabaron convirtiéndose en Estados organizados con el paso del tiempo; a comienzos del Siglo X se habían consolidado varios Estados; uno en la desembocadura del Weser, otro en la del Rin, otro en Ruán y otro en Nantes.Por otra parte, los daneses habían creado otros tres reinos en la isla de Britania; uno en York, otro en Anglia Oriental y otro formado por los condados de Lincoln, Leicester, Nottingham, Stamford y Derby. Los daneses hicieron todo lo posible por hacer duraderos a estos Estados y alcanzar la integración con la población autóctona; para conseguirlo, olvidaron sus antiguos dioses y se convirtieron al cristianismo de forma sincera; aún así, aquellos Estados normandos carecían de la solidez necesaria, como ocurría con tantos otros de la época y fueron desapareciendo con el tiempo; el único que consiguió mantenerse fue el de Ruán, gracias a una inteligente política de pactos con el rey de Francia.
En 843, por el Tratado de Verdún, desapareció el Estado que los pipínidas habían construido durante un siglo; el instrumento para conseguirlo había sido la guerra, pero también la ambición; sin tomarse un descanso aquellos descendientes de Pipino de Landen combatieron a todo aquel que se oponía a sus proyectos; incluso cuando la obra estuvo rematada, en el año 800, fecha de la restauración del Imperio de Occidente, las guerras continuaron por doquier, en todas las fronteras; Carlomagno no conoció ni un solo día de paz en toda su vida. Pocos años después de la restauración del imperio, el reino dce los francos se debatía en las luchas intestinas, padre contra hijo, hermano contra hermano; los normandos no hicieron otra cosa que aprovechar la ocasión.
A mediados del Siglo IX los últimos reflejos del Imperio Carolingio habían desaparecido entre el oleaje de la Historia; en su lugar habían aparecido dos nuevas entidades políticas, Francia Occidental y Francia Oriental, núcleos de los que, pasando el tiempo, surgirían Francia y Alemania respectivamente. 










domingo, 21 de febrero de 2016

GUERRA Y ESTADO EN LA EDAD MEDIA . II

Hay algunos que piensan que es el común de los seres humanos quien construye los Estados; por el contrario, otros creen que son personalidades individuales quienes construyen, por la fuerza de la propia voluntad, la estructura de un Estado. En mi modesta opinión, ambos agentes por sí solos son incapaces de levantar un edificio de tales dimensiones; se necesitan mutuamente para poner los cimientos y seguir construyendo hasta llegar al tejado.
Tenga razón quien la tenga, lo cierto es que cuando asistimos al nacimiento de un Estado siempre somos testigos de un acto de fuerza. Debe entenderse aquí el concepto de fuerza no exclusivamente como violencia, sino también como voluntad, perseverancia, resistencia, sacrificio y ambición. Quizás haya quien recuerde el nacimiento de la India moderna tras la descolonización; pero si alberga alguna duda sobre lo que acabamos de afirmar, debe recordar que aquel territorio alcanzó su independencia con altas dosis de voluntad, perseverancia y sacrificio; es decir, la India se formó como Estado gracias a una fuerza no violenta, pero fuerza al cabo.
A comienzos del Siglo VIII el reino de los francos parecía llevar el mismo camino que el de otros reinos germánicos de Europa Occidental, el camino de la desaparición. El rey Clodoveo, muerto en 511, al fin y al cabo había sido un caudillo bárbaro que, tras alcanzar importantes victorias, había conseguido la fidelidad de muchísimos guerreros y sometido extensos territorios desde el río Garona hasta la cuenca del Rín. Como auténtico bárbaro que era, admiraba a Roma sobre todas las cosas, y por esa razón se bautizó en 496 e hizo un pacto con Anastasio I, emperador de Oriente.


                                      Bautismo de Clodoveo.


Siendo rey de los francos, Clodoveo deseaba parecerse al emperador de Constantinopla, pero carecía de los rudimentos necesarios para organizar un Estado complejo; por tanto, solo alcanzó a comportarse como lo haría un rey germano, atrayendo en torno a sí a un grupo de guerreros entre los cuales repartió tierras y riquezas obtenidas de los botines de guerra. Cuando murió, repartió el reino entre sus herederos, tras lo cual comenzó un prolongado período de luchas entre familias y bandos. Durante los siglos VI y VII, los hombres más ricos y poderosos acumularon tierras y reclutaron extensas clientelas armadas, el título de rey dejó de tener valor y los nobles actuaron con total independencia.

                                  Yelmo franco.


En medio de aquellas luchas nobiliarias, una familia se impuso a las demás gracias a la fuerza y la inteligencia. Pero no solo debido a esto, sino también a la riqueza. SE trataba de una familia perteneciente a la nobleza franca cuyos miembros habían heredado el título de mayordomos de palacio. Si tenemos en cuenta que el título de rey a comienzos del Siglo VIII carecía de valor, debemos concluir que el título de mayordomo tampoco lo tenía. ¿A qué se debía, por tanto, el poder de aquella familia de los mayordomos de Austrasia? En principio a que eran dueños de extensas tierras en el fértil territorio que se extiende entre el Rin y el Mosa; los mayordomos de Austrasia podían entregar tierras a amplias clientelas de guerreros; hombres que les serían fieles, pues se lo debían todo. Por otra parte, hay que tener en cuenta que las tierras de los mayordomos de Neustria se extendían por un territorio donde se encontraban las ciudades comerciales más importantes del Norte de Europa en aquel tiempo. Estas ciudades, cercanas todas ellas a la antigua frontera del Imperio Romano, habían surgido como acuartelamientos y fortificaciones de las legiones; otras, en cambio, crecieron como centros comerciales fronterizos, donde se negociaba con pieles, resina, miel, metales y esclavos. Algunos de estos centros urbanos cumplían ambas funciones; en ellos tenían su residencia habitual los funcionarios del emperador, allí se acuartelaban unidades militares y se reclutaban soldados que acudían del otro lado de la frontera; en ellos había un gran mercado donde se compraban y vendían esclavos procedentes de Germania y el Báltico.
La mayor parte de estas ciudades quedaron integradas en el territorio de los mayordomos de Austrasia desde muy pronto. Una de las ciudades más importantes, Tréveris, fundada en el Siglo I a. C., mantuvo las estructuras sociales, económicas y culturales romanas después de la desaparición del Imperio Romano de Occidente; incluso, durante mucho tiempo, continuó hablándose en latín en el interior de sus murallas.

Porta Nigra, Tréveris.



Otra ciudad de importancia era Gante, situada en la confluencia del río Lys con el Escalda. Este centro urbano albergó dos abadías en el Siglo VII y mantuvo una intensa actividad comercial gracias a su puerto fluvial.
Pero la verdadera capital de Austrasia era la ciudad de Metz, donde convergían las rutas que llegaban de Lyon, Reims, Treveris, Maguncia y Estrasburgo. Era un centro comercial que se hallaba en el centro de una de las regiones más ricas de Europa Occidental en aquel tiempo.
Aquella región entre el Rin y el Mosa era una de las más pobladas del Norte de Europa y aportaba una cantidad ingente de recursos económicos y humanos a los mayordomos de Austrasia.
A comienzos del Siglo VIII aquellos mayordomos se comportaban de manera absolutamente independiente con respecto a la autoridad real. Este comportamiento era compartido por el resto de nobles francos, siendo el rey uno más entre ellos. Los mayordomos de Austrasia acuñaban moneda, recaudaban impuestos y reclutaban soldados en sus fértiles tierras. Esta familia de la más alta nobleza es conocida con el nombre de pipínidas, por el nombre del primer mayordomo de Austrasia que mostró voluntad de expandir sus dominios por todo el territorio de los francos, Pipino de Landen, llamado El Viejo. Con gran habilidad estableció vínculos con la nobleza de Metz y puso las bases para que su nieto Pipino de Heristal organizase un eficaz ejército compuesto por hombres fieles entre los que repartía tierras de sus propias posesiones en Austrasia. Así pues, el poder militar de los pipínidas tenía su sostén en unas amplias clientelas militares que recibían una compensación al convertirse en terratenientes, ya fuese en propiedad, ya en usufructo.


Tras enconadas luchas y una buena capacidad para negociar, Pipino de Heristal fue sometiendo a la nobleza franca y emprendió campañas militares contra los aquitanos, los borgoñones, los frisones y los alamanes del Alto Rin. A finales del Siglo VII había puesto bajo su autoridad a la mayor parte de Galia y toda la cuenca del Rin.
La creación del Imperio de los Omeyas aceleró los acontecimientos, quedando el Estado de los pipínidas como el único poder capaz de presentar cierta resistencia a la expansión del Islam. Dicha expansión por el Mediterráneo supuso un auténtico mazazo para la economía europea, como expuso magistralmente Henri Pirenne en sus obras Mahoma y Carlomagno y Las ciudades de la Edad Media. Aunque hoy día sea imprescindible corregir a Pirenne, lo cierto es que supo ver con claridad un hecho de gran importancia: la expansión de los omeyas por el Mediterráneo cerró los puertos e hizo impracticables las rutas marítimas, arruinando el comercio. Las costas de Sicilia, Sur de Italia, Provenza y las islas fueron saqueadas; durante los siglos VIII y IX las comunicaciones del Sur de Europa quedaron bloqueadas y el núcleo de los intercambios comerciales basculó hacia el Mar Rojo y el Océano Índico; prueba de ello es que los abasíes trasladasen su capital a Bagdad.
Como consecuencia, todo el Norte de Europa se orientó hacia el Mar del Norte y el Báltico.
Cuando Pipino de Heristal murió en 714 dejó un auténtico Estado en pie, que además era el más poderoso de Europa, pero necesitado de abrir la comunicación con Bizancio, cortada por los musulmanes y los pueblos que ocupaban el valle del Danubio. Sus herederos se disputaron el poder durante años, hasta que su hijo bastardo Carlos Martel eliminó a sus rivales y continuó la labor de su padre. Martel también hubo de defender lo adquirido por la familia en una sucesión de batallas, entre la que destaca la que tuvo lugar en Poitiers en 732. En cuanto a esta batalla, no hay un acuerdo entre los estudiosos; parece claro que los musulmanes que habían conquistado la Península Ibérica veinte años antes, intentaron probar suerte con Aquitania, creyendo que la aventura resultaría igual de fácil; no contaban con que el Estado que estaban levantando los mayordomos de Austrasia tuviese una solidez muy superior a la del desaparecido reino visigodo. Según otra versión, fueron los tratos que mantuvo el duque Eudes de Aquitania con los sarracenos lo que decidió a Carlos Martel a presentar batalla por temor a perder toda la Galia Central. Fuese cual fuese el papel del duque de Aquitania, lo cierto es que los musulmanes fueron derrotados y volvieron por don habían venido; la sublevación de los bereberes en 740 y la creación del Emirato Independiente Omeya en 755 tuvieron como consecuencia que al-Andalus pasase a ser un Estado a la defensiva y nunca más se proyectase una invasión de los territorios al Norte de los Pirineos.
Los pipínidas construyeron su Estado gracias a sus grandes recursos económicos y a la organización de un ejército compuesto por clientelas armadas fieles a la familia. Entre estos destacaba una caballería pesada integrada por hombres que portaban un costoso equipo compuesto por caballo, cota de malla y yelmo. Pero, sin duda, la existencia de extensas comunidades de hombres libres en su territorio les permitió reclutar una infantería que resultaba eficaz al apoyar a la caballería. De todas formas, no debemos exagerar el poder militar de aquellos mayordomos, ya que en Poitiers Carlos Martel debió presentarse en el campo de batalla con unos 20.000 soldados como mucho, la mayor parte de ellos infantes.
Pipino de Heristal y Carlos Martel dedicaron sus vidas a la lucha despiadada por defender el patrimonio familiar, por sobrevivir rodeados de competidores y enemigos, a la par que ponían las primeras piezas de un Estado. Sin embargo, a mediados del Siglo VIII, aquel Estado se encontraba aislado, rodeado de fuerzas hostiles, como los musulmanes o los pueblos del Este de Europa que se estaban instalando en el Valle del Danubio y en las llanuras al Este del Vístula.
Aún así, la mayor carencia del Estado que habían construido los mayordomos de Austrasia era la ausencia de símbolos. Al fin y al cabo, el Mayordomo de Austrasia era un noble más entre los otros nobles francos; en su origen, el título hacía referencia a un oficial de los antiguos reyes merovingios; es más, todavía había una familia que ostentaba el título de Rey de los Francos, aunque en realidad no se trataba de nada más que eso, un título vacío de contenido.
Fue el hijo menor de Carlos Martel, Pipino, llamado el Breve, quien se encargó de conseguir símbolos para aquel Estado. En 747 se hizo cargo de la herencia de los mayordomos de Austrasia, y desde el primer momento su objetivo fue conseguir el título de Rey de los Francos, que en aquel tiempo poseía Childerico III. Para conseguir su propósito, buscó un aliado poderoso que pudiese legitimar una operación poco decorosa: destronar a un rey y coronarse a sí mismo. Así, solicitó la ayuda de Bonifacio de Maguncia, jefe de la Iglesia en Austrasia y hombre de gran influencia con el papa. Bonifacio coronó a Pipino como Rey de los Francos en 751, otorgándole la legitimidad que podía proporcionar la Iglesia al aceptarlo como rey; aún más, dadas las excelentes relaciones de Bonifacio con el papa Zacarías, también consiguió que el obispo de Roma le declarase rey legítimo.
Bonifacio de Maguncia era un hombre de acción, de gran fe y luchador incansable. Nació en Devon, al Sur de Britania, y en tiempos de Pipino de Heristal ya comenzó a evangelizar a los germanos que vivían al Este de la cuenca del Rin. Después funda los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising y Nassau. En el corazón de Germania fundó la abadía de Fulda y otros obispados y misiones. Colaboró habitualmente con los pipínidas, aunque en alguna ocasión tuvo roces con ellos, pues defendió los intereses de la Iglesia con gran ardor. Muy mayor ya en tiempos de Pipino el Breve, fue uno de sus más eficaces consejeros y contribuyó decisivamente a la consolidación de la monarquía de los pipínidas; él mismo ungió a Pipino, al modo en que lo eran los reyes de Israel al ser reconocidos como elegidos de Dios.
Ser elegido rey por Dios es la más pura legitimidad que pueda imaginarse para un monarca; de esta forma, Pipino se ciñó la corona. La fortaleza de un Estado se basa en que no pueda ser cuestionado; por definición es un ente sobre el que no hay lugar para la duda; igual que existe el cielo y la tierra, así también existe el Estado; nunca procede de la voluntad de los hombres.
En 753 un nuevo papa, Esteban II, cruza los Alpes y acude al encuentro de Pipino para solicitarle ayuda. Ambos hacen un pacto; Esteban consagrará a Pipino, y éste, a cambio, defenderá al papa de la amenaza de los lombardos. En 754, Pipino fue consagrado como Rey de los Francos por Esteban en Saint Dennis, e inmediatamente después, el rey cumplió su palabra, llevando a cabo varias campañas militares en Italia entre los años 755 y 758, al final de las cuales los lombardos fueron obligados a abandonar el centro de la península. Fue entonces cuando Pipino decidió establecer un vínculo firme e insoluble con el papa, entregándole amplios territorios en Italia Central; así fueron creados los Estados Pontificios. El problema radicaba en que esta última operación política suponía la creación de otro nuevo Estado, el de el papa, que también era necesario legitimar. Para ello se acudió a lo que se denominaba Donación de Constantino, supuesto acto por el cual el referido emperador romano donaba al papa Silvestre I la ciudad de Roma y los territorios adyacentes. Parece ser que aquella Donatio fue enteramente una invención de Pipino y Esteban, con la intención de promocionar sus intereses respectivos.


No cabe duda de que Pipino el Breve fue un gran político; a su muerte, en 768, dejó un Estado unido y fuerte, gobernado por un rey ungido por la Iglesia local y por el papa de Roma, extendido por amplios territorios y con poderosa influencia en gran parte de Germania e Italia.
A pesar de lo dicho, Pipino el Breve era un hombre de su época y tenía un concepto patrimonial del Estado. Consideraba todo lo conseguido como una heredad, como algo personal. Por esta razón, cuando murió sus hijos se repartieron su herencia. Este caso se repite a lo largo de la Edad Media cientos de veces y es la característica principal del Estado medieval; el concepto de lo público no existe y los hechos políticos se mueven en la esfera de lo privado. Esta tendencia irá agravándose y culminará durante el pleno feudalismo.
Como hemos dicho, los hijos de Pipino el Breve reinaron de manera independiente durante años, hasta que Carlos se quedó solo en el trono y recuperó todas las posesiones de su padre. A punto estuvo de malograrse toda la obra de los pipínidas, pero por suerte, Carlos era un hombre de gran fortaleza e inteligencia. En 772 ya era rey de todos los territorios que poseyera su padre, aunque grandes amenazas acechaban  la integridad del reino. En Aquitania había sido reprimida una violenta rebelión en 769 y los lombardos volvían a hostigar al papa en 772. Como hiciese su padre años antes, Carlos entró en Italia con un poderoso ejército, derrotó a los lombardos, confirmó la donación de los Estados Pontificios y se hizo coronar rey en Lombardía.
En estos primeros compases, Carlos demostró ser aún más enérgico que Pipino. En 775 era el hombre más poderoso de la Península Itálica, era señor de toda la Galia, incluida Borgoña, y la Renania. Sin embargo, las fronteras de aquel gran reino eran poco seguras; una de sus partes más ricas, el corazón de Austrasia, se hallaba amenazada por la proximidad de frisios y sajones. 
Los frisios siempre habían sido enemigos de los francos y del cristianismo, la gota que colmó el vaso fue cuando en 754 asesinaron a Bonifacio de Maguncia, del que ya hemos hablado anteriormente como gran colaborador de los pipínidas. Carlos, continuador de la política de su padre, realizó varias campañas en Frisia, que fue evangelizada por clérigos procedentes de Utrecht y dividida en condados; sin embargo, aquel territorio no fue totalmente pacificado hasta los últimos años del reinado de Carlos. 
La cuenca del Wesser permanecía en el paganismo; sus habitantes, los sajones, habían rechazado cualquier intento de ser evangelizados y constituían una amenaza porque, estando divididos políticamente, cada grupo actuaba independientemente de los demás; además, la guerra figuraba entre sus principales actividades, por razones económicas y de prestigio; audaces jefes los acaudillaban y los conducían a la búsqueda de botín al comienzo de la primavera. 
Desde el principio Carlos comprendió que la única forma de someter a los sajones era cristianizarlos; pero aquello no fue fácil ni mucho menos, pues se aferraban obstinadamente a sus creencias y tradiciones, visto lo cual, los francos se vieron obligados a emprender una larga sucesión de campañas que duró más de treinta años, desde 772 hasta 804. Como la resistencia de los sajones fue feroz, Carlos recurrió a métodos extraordinariamente violentos, como masacres de prisioneros, devastaciones, captura de rehenes, conversiones forzosas y deportaciones masivas. Con el objetivo de propagar el cristianismo y afianzar las conquistas del Este, Carlos fundó los obispados de Bremen, Minden, Münster , Paderborn y Osnabrück, que fueron activos centros misioneros.
Como rey de Lombardía y señor de todo el Norte de Italia, Carlos hubo de enfrentarse a otra amenaza, la que representaban los ávaros, instalados en Panonia, en el valle del Danubio. Estos puebos, procedentes de Asia Central, practicaban el pillaje como actividad económica habitual. En 791, Carlos realizó contra ellos una expedición de represalia que fue un duro golpe para los habitantes de Panonia; en 795 y 796, otras dos expediciones llegaron al corazón del territorio de los ávaros, y Carlos se apoderó de ricos tesoros y un enorme botín. Tras estos acontecimientos, los ávaros fueron aceptando lentamente el cristianismo y se fundó el obispado de Salzburgo, desde el que la actividad misionera propagó la fe cristiana y el sometimiento al trono de los francos.




Imperio Carolingio.



Estas conquistas le valieron que fuese conocido como Carlos el Grande, Carlomagno. Con el tiempo su política fue derivando cada vez más hacia una identificación de la Corona y la Iglesia; ambas instituciones parecían fundirse y no se las podía diferenciar claramente. Como hemos afirmado anteriormente, todo Estado necesita de unos símbolos, pero además, necesita de una ideología que lo justifique. En el caso de los pipínidas, el Cristianismo cumplió esta función, gracias a él pudo el Estado organizar el mundo, la moral y la ley.
La importancia de la Iglesia en el reino de Carlomagno fue, por otra parte, muy grande, ya que proporcionó un cuerpo de funcionarios del que aquel Estado rudimentario carecía. Esto último ocurrió sobre todo en los nuevos territorios conquistados al Este del reino, donde los obispos y demás clérigos actuaban a menudo como representantes del rey.
Carlomagno recibió una educación cristiana y sabía perfectamente que su familia había practicado desde hacía décadas una política de estrecha colaboración con la Iglesia, pero él llevó esto mucho más allá, presentándose como un auténtico vicario de Cristo en la Tierra; de hecho, ya Pipino el Breve acostumbraba a nombrar e investir a los obispos. Carlomagno, por su parte, tomó como modelo a los emperadores de Bizancio, verdaderos jefes de la Iglesia en Oriente.
A finales del Siglo VIII Carlomagno había madurado suficientemente la idea; era señor de un amplio territorio que iba desde el Danubio hasta el Norte de la Península Ibérica, de una población heterogénea, que hablaba distintas lenguas y tenía distintas costumbres. Entre tanta diversidad el cristianismo era un eficaz aglomerante, de ahí que se forzase la conversión de los territorios anexionados o dependientes. El guía de aquella Iglesia debía ser forzosamente quien tuviese a la vez el poder terrenal y el espiritual; es decir, el emperador.
Recuperar la idea de Imperio no era fácil, pues el último emperador de Occidente había sido depuesto en 476, pero aún permanecía el Imperio de Oriente y su capital, Constantinopla, la más grande del mundo conocido en aquel tiempo.
                                               Estatua ecuestre de Carlomagno. Siglo VIII.



La ocasión para resucitar el Imperio y representar una ceremonia de investidura con garantías de legitimidad, y en la cual interviniese la voluntad divina se ofreció a Carlomagno cuando en 799 las disputas entre los bandos de Roma provocaron que el papa León III fuese maltratado y estuviese a punto de perder la vida a manos de sus enemigos. Siguiendo la tradición de sus antecesores, el papa fue a pedir ayuda a su protector, el rey de los francos. Se reunió con Carlomagno en Paderborn y le suplicó que le restaurara en el trono de Roma. A finales del año 800 Carlomagno viajó a Roma acompañado de un ejército y dispersó a los enemigos de León III, que atemorizados no se atrevieron a protestar por la intervención del rey franco. Estando restaurado León en el trono papal, se celebró la misa de navidad, durante la cual el papa lo coronó como Emperador de los Romanos; con este acto quedaba restaurado el Imperio Romano de Occidente; en sentido figurado, por supuesto.
Esta restauración imperial supuso muchos problemas, pues muy pronto se vio enfrentada a la hostilidad de Bizancio, que no deseaba compartir sus prerrogativas.

                              Relicario de la abadía de Conques, fundada por Carlomagno.

El esquema ideológico del Imperio de Carlomagno  correspondía a un solo reino en el cielo y un solo jefe en la Tierra; Cristo no podía tener más que un vicario; al reino de Cristo, creador del Universo, le correspondía el de Carlomagno, todopoderoso, escogido por Dios, lugarteniente de Cristo y administrador de la Iglesia.
Carlos se fue a residir a Aquisgrán; allí decidió la construcción de un palacio sacro, a imagen y semejanza del de Bizancio, y de una capilla palatina edificada según los modelos del Santo Sepulcro de Jerusalén, del Chrysotriklinos de Constantinopla y de San Vital de Ravena. El rey franco obtuvo permiso del papa para adornar su capilla con fustes, capiteles, mosaicos y mármoles de las iglesias y palacios de Ravena.

          Capilla palatina de Aquisgrán.

Los pipínidas levantaron un Estado y le dieron una estructura territorial e ideológica, pero carecieron de recursos humanos e infraestructuras para crear una administración eficaz y centralizada. Este fue el punto más débil de aquella construcción política y una de las causas principales de su debilitamiento y derrumbe. A favor de esta dinastía de guerreros incansables e inteligentes políticos hay que decir que se enfrentaron con una situación muy difícil en la que la descomposición política y la violencia fueron enormes. Los conceptos que enarbolaron tuvieron una increíble duración, pues en cierto modo llegaron, matizados, hasta los comienzos del Siglo XX, momento en que fueron derribados definitivamente por la Gran Guerra.