martes, 28 de junio de 2016

CABALLEROS DE SANTIAGO

Era una frontera salpicada de castillos a un lado y otro; era una frontera larguísima, que iba desde el Mediterráneo hasta el Atlántico. Al Sur de la línea divisoria se extendía uno de los imperios más grandes de aquella época, el imperio almohade. Los almohades fueron en su origen un movimiento religioso que pretendía un retorno a los principios del islam, que según ellos, habían sido olvidados. Era, por tanto, un movimiento que buscaba la pureza de la práctica religiosa y la fidelidad al credo. Su inspirador fue Muhammad Ibn Tumart, quien predicó sus ideas entre los agricultores de la cordillera del Atlas. Desde el primer momento el movimiento religioso se transformó en movimiento político, expandiéndose rápidamente por todo el Magreb, desde el Atlántico hasta el desierto de Libia. En 1145 los almohades desembarcaron en la Península Ibérica y sometieron a todos los reinos de taifas.

Imperio almohade, segunda mitad del Siglo XII.

En el lado Norte de la frontera un puñado de reyes soportaron la embestida de los almohades; reconocido por todos el peligro que les amenazaba, se hicieron alianzas entre cristianos y musulmanes; por un momento la cuestión religiosa pasó a un segundo plano, lo importante era detener a los almohades. El líder de aquella coalición era Alfonso VII, rey de León y Castilla, que en 1147 conquistó Almería.

                                           Alfonso VII de León y Castilla.

Pero aquella coalición se mostró poco sólida desde muy pronto; la nobleza aragonesa veía a Alfonso VII como su peor enemigo, los nobles portugueses tenían como único objetivo la independencia del Condado de Portugal, la nobleza navarra y catalana estaba en sus intereses, y los andalusíes, que tenían auténtico pavor a los almohades, acabaron convenciéndose de que los norteafricanos acabarían ganando la partida. Esto último, además de la muerte de Alfonso VII en 1157, precipitó la victoria de los almohades, que se anexionaron todas las taifas andalusíes; en 1172 todo al-Ándalus les pertenecía.

      Torre de La Giralda, Sevilla, antiguo alminar almohade.

Si en la Edad Media hubo un obstáculo para la consolidación del Estado, ese fue el concepto patrimonial que los monarcas tenían del mismo. Por esta causa era habitual que al morir el rey, dejase dispuesto en su testamento que sus hijos se repartiesen el reino en herencia; el mismo monarca hacía las partes en vida, teniendo como consecuencia que a veces los herederos no estuviesen conformes con lo que les había tocado. Alfonso VII hizo exactamente esto, aunque sus hijos estuvieron conformes en principio con el reparto. Sancho, el mayor, heredó Castilla con el nombre de Sancho III; Fernando, el segundo en la línea, heredó León con el nombre de Fernando II.
Que la fortuna interviene en la Historia es un hecho incontestable; así, vino a ocurrir que Sancho III de Castilla murió al año de ocupar el trono. Era el año de 1158 y el heredero de la corona, Alfonso, era un niño muy pequeño. Esta circunstancia fue aprovechada por la nobleza para ampliar sus privilegios y tomar el poder de facto. Estos enfrentamientos internos y el vacío de poder dejaron a Castilla indefensa ante la ambición de los Estados vecinos, principalmente ante León y Navarra.

                   Coronación de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra.

No obstante, Alfonso VIII se mostró un hombre tenaz al alcanzar la mayoría de edad. Durante los primeros años de su reinado, Alfonso VIII empeñó todas sus energías en someter a la nobleza castellana y ajustar cuentas con Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, y con Alfonso IX de León. Una vez afirmada su autoridad y recuperados los territorios que le habían sido arrebatados durante su minoría de edad, su objetivo era impedir que los almohades continuasen realizando campañas militares al Norte de los Montes de Toledo. Para conseguir esto último era imprescindible conquistar el valle del Guadiana, y por esta razón emprendió duras campañas militares, gracias a las cuales arrebató a los almohades extensos territorios de la margen derecha del mencionado río. Para tener firmemente sujetos estos territorios, procedió a repoblarlos, asegurando esta tarea con una serie de fortalezas que impedirían a los musulmanes realizar incursiones al Norte de la corriente del Guadiana. 
Para hacer la guerra a los almohades contaba con varios recursos militares. En primer lugar la alta nobleza y sus vasallos, que componían un cuerpo de caballería pesada en la que el jinete iba protegido con armadura y armado con pica y espada; junto al jinete, a veces, combatían peones de briega, es decir, infantes ligeros que apoyaban al caballero.
Los concejos también aportaban tropas cuando el rey lo solicitaba; eran las milicias concejiles, compuestas en general por agricultores armados según las posibilidades de cada uno; lo habitual es que formasen unidades de infantes ligeros y, en ocasiones, arqueros. En estas milicias concejiles también formaban miembros de la baja nobleza, caballeros, hombres del rey, que habían obtenido blasón y tierras por los servicios prestados a la corona; combatían a caballo, armados generalmente a la ligera.
Sin embargo, el tipo de guerra en la frontera exigía que un ejército permanente prestase el servicio de vigilancia y estuviese dispuesto en todo momento para realizar incursiones de pillaje y represalia. La guerra en la frontera con los almohades era una sucesión de combates cortos y rápidos, salpicados de una batalla de vez en cuando; los castillos eran los centros desde los cuales se organizaban las incursiones o se defendía el territorio.
La experiencia de las órdenes militares en Oriente fue útil en esta guerra intermitente de escaramuzas. La orden del Temple, fundada en 1118, se implantó con fuerza en Aragón y Portugal; por esta razón, Alfonso VIII, temiendo una excesiva influencia de los caballeros templarios, optó por conceder beneficios y privilegios a otras órdenes militares que hubiesen sido fundadas en la Península Ibérica. Desde un principio puso su atención en la orden de Santiago, que teniendo su origen en el reino de León, ofrecía unas características que Alfonso juzgaba adecuadas para sus proyectos.

                                               Cruz de la Orden de Santiago.

La Orden de los Caballeros de Santiago fue fundada en 1170 en el reino de león, siendo rey Fernando II, tío de Alfonso VIII. La razón de la fundación de la orden fue la defensa de la frontera de León con los almohades. Dicha frontera en el reino de Castilla era fácilmente defendible porque los montes de Toledo funcionaban como una barrera natural; en cambio en la zona occidental, correspondiente a León, la línea divisoria era más difusa y difícil de defender. Esta última frontera seguía el curso del río Tajo, desde su desembocadura hasta las sierras de Gata y Gredos. El estuario del Tajo estaba defendido por el conde de Portugal, mientras que el curso medio era un territorio con pocas defensas naturales que el rey de León era incapaz de defender adecuadamente. Por esta causa se fundó la orden de Santiago, para disputar a los almohades aquella llanura por la que corría el río.
Es imprescindible decir que la Orden Militar de Santiago no tuvo ninguna relación especial con Santiago de Compostela, excepto que el apóstol Santiago fuese el patrón de esta orden de caballeros. La elección del apóstol como patrón se debió a la fama que esta figura adquirió desde mucho tiempo antes como gran enemigo de los musulmanes. Dicha fama comenzó con el episodio legendario de la batalla de Clavijo, en la que, supuestamente, el apóstol Santiago apareció de manera milagrosa y combatió personalmente a los soldados del emir de Córdoba.

                                   Santiago en la batalla de Clavijo, año 844.

Hay quienes piensan que el perfil del Santiago hispánico es más propio de un dios precristiano que de un apóstol de Cristo. Desde luego es innegable que el Santiago de la batalla de Clavijo tiene muchos puntos de contacto con algunas divinidades y personajes mitológicos de la Europa anterior a la romanización y otros del mundo germánico. También se podría alegar que en el Antiguo Testamento aparecen algunos personajes que tienen muchas similitudes con este tipo de guerrero místico o guerrero de la fe. Sin embargo, hay que hacer notar que la imagen del Santiago hispánico está en el polo opuesto a la del apóstol Santiago, discípulo de Cristo y hombre dedicado enteramente al proselitismo. En la modesta opinión del que suscribe este artículo, el Santiago hispánico tiene efectivamente demasiadas similitudes con ciertas divinidades precristianas como para ser una casualidad; no obstante, dejemos el asunto aquí, pues la extensión de este artículo no permite bucear en aguas tan históricamente profundas.
Fuese como fuese, los atributos de Santiago resultaron eficacísimos para combatir a unos fanáticos de la talla de los almohades; y sobre todo porque este personaje mítico señala clara y directamente al enemigo al que hay que combatir, sin tonos intermedios. La identificación del guerrero con la imagen de Santiago le dota de una convicción profunda y una determinación absoluta en la lucha.

                       
                                     Pendón de la Orden de Santiago.


Uno de los principales atractivos que tenía la Orden de Santiago para Alfonso VIII era que se trataba de una orden nueva y, por tanto, con grandes deseos de expansión. Para atraerse a los caballeros de Santiago les otorgó grandes privilegios y beneficios; en 1174 les entregó el castillo y la villa de Uclés, situados en la actual provincia de Cuenca, con todas sus tierras y derechos de peaje.



                           Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet entregan del Castillo de Uclés
                           al maestre de la Orden de Santiago.

Con esta importante entrega Alfonso conseguía que la Orden de Santiago trasladase su sede principal al reino de Castilla, concretamente a la zona oriental de la frontera de Castilla con los almohades. En 1177 los caballeros de Santiago participaron en la conquista de la ciudad de Cuenca, con tal ánimo que merecieron los elogios del rey y otras donaciones en dicha ciudad. En breve, la orden se convirtió en la punta de lanza de la guerra contra los almohades en la frontera oriental de Castilla.
Desde 1174 hasta 1195, es decir, durante 20 años, Alfonso VIII emprendió un programa militar cuyo objetivo era la conquista del valle del Guadiana; dicha empresa tenía sus fundamentos en el establecimiento de una serie de fortalezas que impidiesen a los almohades recuperar el terreno perdido; la defensa de estos castillos la encomendó, en buena parte, a dos órdenes militares; la zona que se extendía desde la ciudad de Toledo hasta las aguas del Guadiana correspondió a la orden de Calatrava, mientras que la zona oriental, que iba desde la serranía de Cuenca hasta las estribaciones de la Sierra de Alcaraz, correspondió a la orden de Santiago.



El plan de Alfonso VIII era muy claro; una vez asegurado el valle del Guadiana, la nueva frontera se desplazaría hacia el Sur, quedaría establecida en los pasos de Sierra Morena; bastaría con allanar aquellos pasos para que toda la inmensa llanura del Guadalquivir quedase indefensa ante cualquier tipo de incursiones, ya fuesen de saqueo, ya de conquista; el corazón del Imperio Almohade en la Península Ibérica quedaría abierto, y las grandes ciudades del Sur perderían toda seguridad.
Para que esta estrategia tuviese éxito era imprescindible establecer en las orillas del Guadiana un gran centro de operaciones militares y de repoblación del territorio; era necesario construir una gran fortaleza desde la cual dirigir el gran avance hacia las laderas de Sierra Morena. El lugar elegido por Alfonso VIII para construir esta gran fortaleza a orillas del río fue un cerro próximo a la actual Ciudad Real conocido con el nombre de cerro de Alarcos.

                   Ruinas del castillo de Alarcos.

En aquel cerro comenzó Alfonso VIII a construir un gran castillo tras la finalización de una tregua acordada con el califa almohade Abu Yaqub Yusuf  en 1190. Las obras debieron comenzar en 1193 o 1194, cuando Alfonso ya había decidido romper la tregua y había avanzado desde los Montes de Toledo hacia el Sur, en dirección a la orilla del río. Los castellanos se movían sin dificultades en una gran cuña de terreno cuya punta era el cerro de Alarcos. La orden de Calatrava llevó gran parte del peso de estas operaciones, mientras la de Santiago  presionaba en la zona de Alcaraz.
Tan seguros se encontraban los hombres del rey que Martín López de Pisuerga, arzobispo de Toledo, cruzó en 1194 los puertos de Sierra Morena y saqueó los territorios de Jaén, Córdoba y Sevilla. Para el califa almohade aquello fue la gota que hizo colmar el vaso; entendió que la fortaleza de Alarcos era una amenaza definitiva para sus dominios de al- Ándalus, y que la incursión del arzobispo de Toledo era solo el comienzo de otras muchas que acabarían por arruinar el poder de los almohades en la Península.
La respuesta de Yusuf  fue contundente; a finales de la primavera de 1195 desembarcó con un gran ejército en Tarifa, reclutó a los andalusíes y a muchos mercenarios cristianos, cruzó el paso de Despeñaperros y se dirigió directamente al castillo de Alarcos, que aún estaba construyéndose. Alfonso VIII le salió al encuentro y ambos se enfrentaron el 19 de julio de 1195. Como consecuencia el rey castellano sufrió una gran derrota y el castillo de Alarcos fue destruido por los almohades.

Campo de batalla de Alarcos.

Dicen que el verdadero valor se demuestra ante la adversidad; Alfonso VIII demostró sobradamente el suyo tras la batalla de Alarcos. Derrotados los castellanos, hubieron de refugiarse en Toledo; aquel día se perdieron todas las conquistas de veinte años; todo el valle del Guadiana pasó de nuevo a manos de los almohades. Sin embargo, la antigua frontera aguantó. En ello tuvieron mucho que ver la organización y el espíritu combativo de las órdenes militares. El mismo castillo de Uclés fue asaltado tras la derrota de Alarcos, pero el maestre de la orden, Sancho Fernández de Lemus, aguantó y los almohades hubieron de retirarse. Otro factor que influyó para que Yusuf no obtuviese mayor provecho de su victoria fue que los propios andalusíes detestaban más a los almohades que a los castellanos, pues en el fondo los consideraban unos invasores extranjeros; no estaban, por tanto, dispuestos a colaborar demasiado. Por otra parte la situación en el Norte de África era muy inestable y Yusuf decidió regresar para desanimar a rebeldes y traidores con su presencia.
Efectivamente, la antigua frontera de los montes de Toledo y las sierras de Cuenca aguantó en aquel momento difícil; y como ya hemos dicho, Alfonso demostró que jamás se daba por vencido. Durante 17 años aguardó el momento de la revancha, cuidándose mucho de no cometer otro error.
Entre 1195 y 1212 la orden de Santiago permanece firme en su puesto; a cambio, el rey concede a los caballeros santiaguistas derechos y privilegios, consciente de que la defensa de la frontera dependía de ellos. Durante aquellos años los de Santiago combaten en los llanos de Cuenca y Albacete; en sus incursiones y cabalgadas entran en los pasos de Alcaraz y se acercan a las orillas del Guadalimar.
En los años inmediatos a 1212 los caballeros de Santiago se habían adueñado del Campo de Criptana, y lo que es más importante, del Campo de Montiel, en las proximidades de los pasos de Sierra Morena. Por aquel tiempo Alfonso VIII veía acercarse el momento de su desquite.

Torre de la Higuera, estructura defensiva de los pasos de Sierra Morena en Campo de Montiel.

Alfonso VIII había comprendido en Alarcos que el Imperio Almohade era un enemigo formidable, incluso para el reino de Castilla. Una vez tomadas posiciones cerca de los puertos de Sierra Morena, la estrategia debía basarse en un golpe rápido y demoledor contra el poder de los almohades en la Península. La rapidez era prácticamente imposible, pues reunir un gran ejército llevaría meses de preparativos. Por otra parte, era necesario atraer a la empresa a cuantos aliados se pudiese; lo ideal era reunir a todos los reyes cristianos de la Península; el rey de Léón, el rey de Aragón, el rey de Navarra y el rey de Portugal. Sin embargo, los reyes de León y de Portugal rechazaron desde un principio la invitación de Alfonso, por considerarlo su enemigo. Aún así, era necesario dar a la causa una justificación religiosa que, además, atrayese a caballeros de allende los Pirineos; de esto último se encargó Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, quien consiguió la declaración de cruzada del papa Inocencio III. Convocada la cruzada, acudieron centenares de caballeros de Europa, sobre todo franceses. También acudieron voluntarios de León y Portugal a la llamada del papa. Las órdenes militares tendrían un papel fundamental en esta empresa militar, participarían Santiago, Calatrava, el Temple y San Juan.
Como hemos dicho el plan consistía en cruzar lo más rápidamente la llanura manchega y pasar los puertos de Sierra Morena sin detenerse. Abu Yaqub Yusuf había muerto en 1199 y el nuevo califa almohade era su hijo Muhammad al-Nasir, hombre reservado, pero no indeciso, que inmediatamente reunió un gran ejercito en el Norte de África y cruzó el Estrecho de Gibraltar.
A finales de la primavera de 1212 el ejército cruzado se había reunido en la ciudad de Toledo; eran unos 12000 hombres, y entre ellos destacaban los caballeros de Santiago, con sus hábitos blancos y su cruz roja con forma de espada. Al frente de los santiaguistas iba Pedro Arias, maestre de la orden desde 1210.
Al llegar a la fortaleza de Calatrava la inmensa mayoría de los cruzados procedentes de Francia y otros lugares de Europa abandonaron la empresa y regresaron por donde habían venido; esto se debió a que no estaban de acuerdo con el trato que se daba a los vencidos; según ellos no se debían respetar las vidas de los cautivos, pues en la cruzada al infiel solo correspondía la muerte; es evidente que no entendían la política de los reyes de la Península Ibérica, que llevaban ya 500 años luchando contra el islam.

                        Castillo de Calatrava.

Tras pasar el puerto de Despeñaperros, el ejército cruzado se encontró con el ejército almohade, mucho más numeroso. Se calcula que debía estar formado por unos 20000 hombres, entre los que había bereberes, andalusíes y mercenarios de muchas procedencias.
La batalla, conocida como de Las Navas de Tolosa, tuvo lugar en una vaguada entre dos cerros próximos a la actual Santa Elena, en la provincia de Jaén; era día lunes 16 de julio de 1212.

Batalla de Las Navas de Tolosa.

Alfonso VIII tomó la decisión de comenzar la batalla arriesgándolo prácticamente todo. Verdaderamente podía haberse retirado, pero hubiera sido difícil encontrar otra ocasión en la que consiguiese tantos apoyos. Las órdenes militares formaron en el centro, donde sabían que iban a soportar lo más duro de la batalla.
La orden de Santiago formó en el ala izquierda del centro; en total debían ser alrededor de doscientos caballeros; sin embargo, hay que tener en cuenta que cada caballero iba acompañado de dos a tres escuderos, también a caballo y con armamento pesado, lo que suma un total de más cuatrocientos jinetes. Por otra parte, cada caballero contaba con dos o tres peones auxiliares, lo que supone un número aproximado de trescientos o cuatrocientos infantes armados a la ligera que apoyaban a los jinetes en el campo de batalla. Por tanto, no vemos exagerado decir que la Orden de Santiago se presentó en las Navas de Tolosa con unos 800 hombres armados. Los caballeros iban armados con pica y espada; en otros casos, con pica y maza. Iban protegidos con yelmo y cota de malla; algunos, a la cota añadían algunas piezas de armadura, sobre todo, un peto, unas hombreras y unos guanteletes. Algunos no usaban cota y se protegían solo con armadura de piezas de acero. Dependiendo del tipo de protección y el numero de piezas, el equipo completo podía llegar a pesar más de 35 kg, teniendo en cuenta que debemos añadir un escudo triangular. Los caballos, que para la caballería pesada solían ser de gran talla, también iban provistos de algunas piezas de armadura de acero, a menudo de testera y pechera.



                                 Posible aspecto de un caballero de Santiago en las Navas.

Un caballero bien armado y subido al caballo podía pesar en total entre los 600 y los 750 kg; es decir, un peso enorme, que a unos 25 o 30 km/h se convertía en una masa arrolladora que abría boquetes en las filas enemigas. Podemos imaginar a una tropa de cien caballeros cargando al galope y hacernos una idea de la potencia de aquella caballería pesada.
En el campo almohade, quienes formaron frente a Santiago fueron los jinetes de la caballería pesada almohade. Iban armados de manera semejante a los caballeros cristianos, con yelmo, cota de malla y armadura de acero. En general eran excelentes jinetes, pertenecientes a la nobleza bereber, aunque también figuraban entre ellos mercenarios de cualquier parte del Norte de África. Mas la izquierda, frente a  los caballeros de Santiago, y dispuestos a realizar movimientos envolventes, formaban los jinetes de la caballería ligera bereber, reclutados en el Atlas y montados en caballos más pequeños y ligeros; estos jinetes no usaban cota ni otro tipo de armadura, muchos de ellos ni siquiera yelmo, sino que se cubrían con turbante; eran muy rápidos y podían desbaratar una carga atacando por los flancos.
Tras los primeros combates, la infantería ligera almohade retrocedió y la vanguardia de Alfonso VIII comenzó a subir adonde se encontraba el grueso del ejército almohade. En su ayuda cargaron entonces las órdenes militares y se produjo un terrible choque en la pendiente del Cerro de los Olivares. Todos mostraron gran valentía, según las crónicas, almohades y cruzados. Sin embargo, y como era de esperar, los jinetes ligeros bereberes y muchos mercenarios turcos, corriendo con gran rapidez, pusieron en fuga a la infantería cruzada; quienes peor aguantaron la maniobra almohade fueron los de las milicias concejiles, que fueron acribillados por las flechas de los jinetes musulmanes.

                     Jinete turco disparando el arco al galope.

Fue en este momento en el que los caballeros de Santiago hubieron de demostrar mayor entereza; las filas de los cruzados comenzaron a ceder y los jinetes musulmanes bajaron del cerro al llano. No obstante, y confundidos por la impresión de que la batalla ya estaba ganada, la mayor parte de la infantería almohade se dispersó por toda la nava, sin darse cuenta de que toda la nobleza de Castilla , Navarra y Aragón aún no había entrado en combate. Esta fue la causa principal de la derrota de al-Nasir. Sin haber intervenido todavía, los ejércitos feudales de la nobleza y los reyes aguardaban en la cima del cerro donde habían formado desde el principio de la batalla. Viendo Alfonso VIII que el ejército cruzado retrocedía, esperó a que los almohades estuviesen bien dispersos, y entonces ordenó que todos, reyes y nobles, cargasen contra el enemigo en el llano. Estamos hablando de varios cuerpos de caballería pesada formados por guerreros profesionales; es decir, de hombres que se dedicaban en exclusiva al entrenamiento y práctica de la guerra desde niños; se trataba, por tanto, de una caballería de gran eficacia. Por otra parte, la decisión de atacar y no retirarse no dejaba otra opción que combatir hasta el final; de ahí la determinación con la que entraron en combate aquellos soldados. El resultado fue catastrófico para los almohades, pues ocurrió lo que suele pasar en algunas batallas, que desconcertados los hombres de al-Nasir, viéndose arroyados y descompuestas las filas, fueron presa del pánico. Cuando el temor pánico se apodera de una masa, la conciencia de grupo desaparece y cada uno busca su propia salvación sin atender a otra cosa. Así, los cruzados persiguieron a los almohades por la nava, y después cuesta arriba, donde se produjo una gran matanza. Los jinetes turcos y bereberes que pudieron, se pusieron a salvo a lomos de sus monturas; lo mismo hicieron los nobles andalusíes; la infantería toda pereció en la ladera del cerro. Cuando al-Nasir vio que los enemigos se acercaban, emprendió la huida con su guardia y parte de la nobleza almohade; poco después, los cruzados se apoderaban de su campamento.

        Las Navas de Tolosa.



El papel que desempeñaron los caballeros de Santiago en la batalla de las Navas de Tolosa fue importantísimo; aguantaron lo más duro de los combates y el maestre Pedro Arias perdió allí la vida. Este comportamiento fue recompensado por Alfonso VIII; muerto el rey en 1214, quedó muy claro que la función de las órdenes militares en la repoblación de los territorios conquistados y la defensa de la frontera era de carácter fundamental.
Las grandes conquistas se hicieron en tiempos de Fernando III, nieto de Alfonso VIII y rey de León y Castilla. Fernando III fue quien aprovechó la gran victoria de las Navas de Tolosa y la descomposición del Imperio Almohade; campaña tras campaña fue conquistando el valle del Guadalquivir y Extremadura; los territorios que no conquistó, los dejó sujetos a tributo. Al final de su reinado, en 1252, el islam había quedado en la Península Ibérica como un hecho residual.



En todas estas conquistas la Orden de Santiago destacó, y por ello recibió numerosas encomiendas, ya fuesen tierras o casas en los centros urbanos. Aunque durante el Siglo XIV la Reconquista sufrió un parón, debido a los conflictos internos del Reino de Castilla, los caballeros de Santiago continuaron con su labor de defensa de la frontera. Cuando en el Siglo XV el poder real consiguió fortalecerse frente a la nobleza en Castilla, la Orden de Santiago colaboró en la conquista de la última taifa andalusí, el reino de Granada. Sin embargo, el espíritu de cruzada no terminó aquí, sino que continuó en la lucha contra los turcos otomanos durante los siglos XVI y XVII. La actividad militar de la orden mermó a la par que la importancia de España como potencia internacional; en el Siglo XVIII España pasa a ser una potencia de segundo orden, satélite de Francia. Con la pérdida de las colonias tras la guerra de la Independencia y la expansión de las ideas liberales, la Orden de Santiago queda reducida a una especie de club aristocrático que carece de importancia en los ámbitos político y militar. Declarada la Primera República, la orden fue suprimida en 1873.
El tiempo, inexorable, deja a las cosas obsoletas. Durante una época los caballeros de Santiago gozaron de un grandísimo poder en la Península Ibérica, los servicios prestados a los reyes de Castilla fueron de un altísimo valor; pero, terminada la Reconquista, desapareció buena parte de su razón de ser; fueron una institución plenamente medieval y, acabado aquel tiempo, su existencia dejó de ser necesaria para el Estado moderno. Sí que hay algo que aún permanece: la determinación de los que creen firmemente en algo.